Por: Patricia Lara Salive

Del amor, la guerra y la paz

Mi querido compadre Eligio García Márquez —quien hoy estaría de cumpleaños— acostumbraba lanzar frases lapidarias como las que desde niño le escuchó decir a su madre, Luisa Santiaga Márquez Iguarán.

Ahora, ante la proximidad de esta decisiva etapa del diálogo entre el Gobierno y las Farc, Yiyio estaría alternando dos sentencias: la primera: “No es verdad como decía Santo Tomás, que ‘hay que ver para creer’. ¡Hay que creer para ver!”.

Eso sí que es cierto hoy: no se trata de ser optimistas, porque sí, con la paz: ahora, más que nunca, están dadas las condiciones para que se llegue a ella: hay un país harto de violencia; hay una guerrilla golpeada que mira los ejemplos de sus compañeros de lucha armada en América Latina, quienes han alcanzado el poder por la vía electoral, no por la armada; hay unos arquetipos de la insurgencia —Fidel Castro y Hugo Chávez, para no hablar de Lula, de Dilma Rousseff, de Rafael Correa— que quieren coadyuvar a que Colombia consiga la paz; y hay un presidente que tiene la claridad militar y política, el conocimiento del arte de la negociación y la capacidad de arriesgarse de los buenos jugadores de póquer, y que está dispuesto a jugarse su prestigio para conseguir la paz, pero sin transar en la mesa lo que no considera transable, esto es, la estructura misma del sistema democrático.

De modo que, como diría Yiyio, hay que creer que la paz es posible, para ver que lo es y, así, volverla realidad. Si la opinión, y los medios y la clase política y la sociedad civil asumen una actitud de “apagá y vámonos” ante el menor escollo, lograr la paz se hará mucho más difícil.

La otra frase que en estos días él estaría pronunciando sería esa que repetía cuando hablábamos de lo difícil que es a veces hacer sobrevivir las relaciones de pareja: “Para eso, hay que tener la voluntad política”, decía. Sí, hay que querer que las relaciones se den para que fluyan. ¡Hay que cuidarlas, hay que consentirlas, hay que quererlas, de lo contrario se van al traste! En este caso, las Farc y el Gobierno tienen que tener la voluntad política de hacer la paz, desearla, acariciarla, cultivarla, consentirla, no ceder a la tentación de imponerse y salirse con la suya.

La paz, como el amor, no puede ser el fruto de un pacto entre vencedores y vencidos. La paz tiene que ser un acuerdo entre las partes, surgido, ante todo, de la voluntad de lograrlo y del deseo de hacer lo que sea necesario y posible para alcanzarlo.

Las partes no pueden pretender aplastar al otro en la mesa de negociación y lograr en ella lo que hubieran conseguido al ganar la guerra: las Farc no deben aspirar a que el Gobierno haga la revolución por decreto, sino buscar las garantías para salir a conquistar el corazón del país y a convencer a los colombianos, por las buenas, en la plaza pública y en los medios, de que sus planteamientos son los mejores. Y el país no puede pretender que quienes han pasado su vida luchando y muriéndose por una causa (¡así muchos no lo crean!), y han vivido libres aunque perseguidos y matando mosquitos en la selva, acepten deponer sus armas, enterrar sus ideales y morir encerrados en una celda.

Si el Gobierno, las Farc, el Eln y los colombianos creemos que la paz es posible, y si tenemos la voluntad política y la paciencia para conquistarla, habrá paz.

De lo contrario, seguiremos matándonos por los siglos de los siglos…

 

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