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Fernando Araújo Vélez 23 Feb 2013 - 10:00 pm

El Caminante

Del brazo de otros

Fernando Araújo Vélez

Ella le hizo trampa porque debía verlo primero. Analizarlo, descubrirlo, conocer en dos minutos la razón última de sus movimientos, o la primera. Sus gustos, sus fobias, su pulso y sus pulsaciones.

Por: Fernando Araújo Vélez
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Le dijo que se vestiría esa noche de rojo para que él pudiera reconocerla en la plaza de la cita y que se pondría una flor en algún lugar de su cabellera marrón. Esas fueron sus señas, sus dos señas. Él, en cambio, estaba al descubierto, porque en aquella plaza perdida de aquella ciudad ignorada todo el mundo sabía que era el director y reportero, fotógrafo y mensajero del único periódico que había en la región.

Se había ido descubriendo desde hacía seis meses. Cada día le enviaba una certeza. Que llevaba bigote, que era flaco y se vestía de azul todos los días, que fumaba pipa y solía dejarse el pelo un poco largo, como en los tiempos de las revoluciones; que sólo tomaba jugos y era algo torpe. Cualquiera lo hubiese podido reconocer y a él jamás se le ocurrió disfrazarse de otro. Cuando pactaron el encuentro, él prometió que estaría en punto de las siete en la mesa que estuviera más cercana a la catedral. Contó las horas, los pasos, los minutos, las palabras, los segundos y las gotas de lluvia que cayeron ese día.

Llegó 20 minutos antes de lo convenido. Se tomó un trago de whisky, y otro y uno más. Encendió su pipa. La plaza se comenzaba a llenar. Mujeres y hombres de todos los colores. Él sólo tenía ojos para el rojo. El rojo de los vestidos, el rojo de las blusas, de los zapatos, de una cartera, de una hebilla. Quiso huir cuando vio a una mujer de rojo demasiado maquillada, demasiado pesada y burda que llegó sola, pero se aferró a su silla porque ya no tenía hacia dónde salir, y no quería que alguien en la vida lo tachara alguna vez de cobarde. La mujer pasó por enfrente de su mesa, lo miró, sonrió, o eso creyó él, y se sentó a unos cuantos metros. Ni era ni fue.

Otra, de un rojo menos encendido, cadenciosa y delgada, pasó del brazo de un hombre, “Te he visto pasando del brazo de un hombre, que de cualquier modo podría ser yo”, como cantaba Pablo Milanés. Él murmuró la letra. Deseó ser aquel hombre, aquellos hombres, el de la mujer de rojo y el de la canción, si es que no eran el mismo, y pidió otro whisky y cambió la picadura de su pipa y el tiempo pasó y se diluyó y llegó más gente, y aparecieron otras mujeres vestidas de rojo que pasaban del brazo de otros.

  • Fernando Araújo Vélez | Elespectador.com

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