Por: Esteban Carlos Mejía

Del crimen al castigo

El jueves pasado mi amiga Isabel Barragán cumplió años: parece una tortolita de 28 o 29, pero tiene los mismos 33 de siempre, indomables, exuberantes, deliciosos.

Su marido, ganadero de nuevo tipo, le organizó una fiesta suntuosa, muy posmoderna. Me negrearon, obvio. De todos modos, le doy mi regalo, la pequeña y delicada réplica de un poporo quimbaya. Agradece con un beso casi anoréxico.

“En estos días conocí a una más bonita que tú”, le digo, a modo de desquite. Un resquemor de celos le oscurece la cara bonita. “¿Cómo era?”, dice con sobradez. Se la describo: alta, gallarda, fuerte y segura de sí misma, graciosa, dulce y altiva. Pelo castaño, ojos casi negros, fulgurantes de orgullo o de bondad. Boca un poco pequeña, labios frescos y bermejos. “¿Bermejos?”, se confunde. “Rojos, rojísimos”, digo. “Una auténtica beldad”, agrego, no sin sevicia. “Se llama Avdotya Romanovna Raskolnikova y le dicen Dunya o Dunechka”. Isabel suelta una carcajada. “¿Vos leyendo a Dostoyevski? Si lo tuyo son Tolstói y Nabokov... ¿Estás enfermo o qué?”. Me río yo también: “No todo lo del pobre es robado”. Y ella se pone a hablar de Raskolnikov, de la transgresión a la expiación.

“Crimen y castigo es una obra superior, capital, formidable”. “A mí me pareció una novela policíaca”, opino. “Las almas cándidas suelen leerla así”, reniega con hiel. A riesgo de que haga más pataleta, saco el libro, en una pulcra (aunque españolísima) edición de Alianza Editorial, 1995, y leo con voz más o menos temblorosa: “No había un momento que perder. Raskolnikov sacó el hacha, la levantó con ambas manos y, sin apenas darse cuenta, maquinalmente, casi sin esfuerzo, asestó un golpe a la vieja en la cabeza con el lado romo de la hoja. Su vigor, que parecía haberse esfumado, volvió tan pronto como dio el hachazo”.

Isabel se estremece. “Es una secuencia de sucesos patéticos, lastimosos, melodramáticos hasta el extremo”, dice. “Lo que más me gusta es el entramado de personajes, todos magníficos, incluso con sus existencias minúsculas y precarias, seres de papel y tinta que parecen de carne y hueso. Raskolnikov. Marmeladov y su familia. Razumihin, amigo leal, 'ardoroso, sencillo, franco y vigoroso como un héroe de leyenda'. Sófya, la trémula enamorada. Porfiri Petróvich, lógico e implacable juez de instrucción. El malvado de malvados, Svidrigailov, 'un hombre muy bien conservado', que redime la ruindad de su alma con un suicidio de antología. Y, por supuesto, tu Dunya, notablemente hermosa”.

Cogidos de la mano, repasamos tres o cuatro episodios de la novela. Al final leemos la escueta, desgarradora y tantas veces postergada confesión de Raskolnikov: “Fui yo quien mató con un hacha a la vieja y a su hermana Lizaveta para robarlas”. Un par de lagrimones nos corren por las mejillas. “¡Dostoyevski es irrepetible!”, exclama Isabel, y, sin más vueltas, se cuelga el poporo en su cuello, tan hermoso como el de la pálida Avdotya Romanovna, Dunechka de mi corazón.

Rabito de paja: “Los principales yerros y vicios de nuestra democracia surgen, en mi sentir, de una falla fundamental en las relaciones de las clases directoras del país y las masas populares”: Alfonso López Pumarejo, 1933.

 

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