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Reinaldo Spitaletta 3 Dic 2012 - 11:00 pm

Sombrero de mago

Del pobre de Asís y una mula

Reinaldo Spitaletta

Dicen que San Francisco de Asís, Il poverello, ha sido el único cristiano auténtico en la historia sanguinolenta del cristianismo.

Por: Reinaldo Spitaletta
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El único santo verdadero. Lo tuvo todo y de todo se despojó. De noble cuna, terminó desnudo entre leprosos y labradores. De sus días de juergas con vino francés y canciones provenzales, Francisco (su nombre original era Giovanni) no conservó nada y se transmutó en un ser sin pretensiones de riquezas, a las que renunció para imitar a Cristo.

Nacido en Asís, pueblo de Umbría, fue una suerte de símbolo de su tiempo, que era época de caballerías, cruzadas y guerritas; de persecuciones e incendios de poblados. Precisamente, su desencanto con el mundo material comenzó cuando hubo una disputa sangrienta entre su aldea natal y Perugia, y entonces marchó a Roma, besó a un leproso, se deshizo de sus vestiduras para regalárselas a un caminante pobre, impetró limosnas, oró en medio del canto de pájaros perdidos y sintió que su destino era el de la pobreza y el amor no sólo al prójimo sino, en particular, a los animales. Todos para él fueron sus hermanos: hermano lobo, hermana luna, hermana enfermedad...

Hace mucho tiempo (era yo un adolescente), en un asilo de ancianos, en Copacabana, Antioquia, un viejo me regaló un libro: El pobre de Asís, de Nikos Kazantzakis, escrito a modo de aventuras, como si se tratara de otro Quijote. Digo que ahí, en la primera lectura, me llamó la atención la vida de aquel sujeto medieval, fundador de una orden mendicante que, en rigor, no representaba ningún riesgo para la Iglesia, y que de parrandero se convirtió en un extraño santo.
Lo más impresionante de aquel encuentro con Kazantzakis y el hermano Francisco fue una literatura plena de pájaros, que a veces, como símbolo, eran parte de su hambre: “sentía mis entrañas colgantes y secas como un racimo saqueado por los pájaros”. El caso es que aquel hombre, que tuvo doce discípulos, tan pobres como él, una noche de invierno, en la navidad de 1223, se metió a una ermita en el pueblo de Greccio, rememoró el nacimiento de su modelo de vida e inventó el pesebre. Ah, con un buey y una mula (Francisco puso un asno) al lado de pajas y del niño Jesús.

Francisco, que no se sabe por qué se salvó de ser acusado de herejía, el mismo que naufragó en el camino a Tierra Santa, el que intentó predicar entre los moros de España y se embarcó a Egipto, llegó a espantarse de cómo su orden crecía en seguidores y riqueza, y más bien prefirió refugiarse en una montaña. Francisco, el que tuvo los estigmas del Crucificado, el que se opuso a los fastos y riquezas de la Iglesia, fue declarado santo por ésta, porque la canonización es otro modo del negocio. Y de la propaganda.

Resulta que estos preliminares sobre el gran hermano Francisco, tienen que ver con la reciente declaración del papa Benedicto XVI de que ni la mula ni el buey son parte del pesebre. Lo que está en contravía de villancicos, relatos navideños, novenarios y otras tradiciones que pese a todo se mantienen por encima del papá Noel, un invento de la Coca-Cola. Los pesebres o belenes, que han sido una suerte de revoltura entre lo kitsch y la imaginación infantil, quedarán ahora huérfanos de buey y mula, por un plumazo pontifical.

Ah, pero lo más nefasto es que otra vez se arremete contra el único auténtico santo que ha dado el cristianismo, opuesto a la riqueza material y a cualquier expresión de fuerza o violencia. Es como borrar las Florecillas (Fioretti) de San Francisco, cantos preciosos escritos en el siglo XIV para resaltar las virtudes del pobre de Asís. Aunque por papa que sea su opositor, la mula (o el burro) y el buey proseguirán “comiéndose la paja del niño inocente”.

El portal de Belén, todos los nacimientos, toda esa cultura de maravilla que mezclaba un tanque de guerra con un pastor español; un muñeco de caucho con una virgen de madera; a un cisne enorme con un elefante mínimo; han sido víctima de un atentado. Que Il Poverello, patrono de los veterinarios y de los ecologistas, los proteja.

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