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Juan Pablo Calvás 17 Ene 2013 - 11:00 pm

Demoliendo el patrimonio

Juan Pablo Calvás

Hace unos días sostuve una larga discusión con un amigo que se empeña en que todos los edificios viejos deben ser demolidos para darle paso a la nueva arquitectura, a los diseños innovadores y a las construcciones funcionales.

Por: Juan Pablo Calvás
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La conversación alcanzó su punto más caliente cuando llegamos al tema del aeropuerto El Dorado. Este amigo mío, que parece heredero del legado Mazuera de destrucción al patrimonio urbano, afirma de manera tajante que ese horrendo vejestorio debe irse al suelo para darle paso a las plataformas que recibirán a los aviones del futuro muelle nacional. Además, asegura que del edificio no deben conservarse sino en un museo las gigantescas y desteñidas letras que en mayúscula sostenida resaltan el nombre del aeródromo en su fachada.

¡Qué dolor! ¡Qué insensatez! Qué tristeza que aquellos que sólo ven el futuro construido en aluminio y vidrio no sepan admirar la belleza detrás de un edificio que representa un momento arquitectónico determinado, así como la entrada de Bogotá y de Colombia a la era moderna por allá a mediados de la década del cincuenta.

Desde la Sociedad Colombiana de Arquitectos y el grupo Restauradores sin Fronteras han tratado de generar movimientos para la protección de al menos el edificio del hall central del viejo aeropuerto El Dorado, pero los oídos del Estado han sido sordos. Pesan más los vidrios verdosos y ‘miamicescos’ de la nueva terminal, que el valor arquitectónico de un edificio que por sus características parece no merecer la mínima consideración de aquellos que a nivel estatal deberían dedicarse a proteger el patrimonio más allá del Carnaval de Barranquilla o el sombrero vueltiao.

El asunto supera el simple “me gusta” o “no me gusta” con el que muchos se limitan a analizar los edificios. Es evidente que, para un joven desinteresado en los temas de la arquitectura o para una persona adulta poco sensible al mundo del diseño, el edificio del aeropuerto El Dorado no representa nada. Sin embargo, para el ojo experto la armonía de la construcción del hall central, su espacialidad, el manejo de la iluminación sí merecen un mínimo reconocimiento teniendo en cuenta el momento en que se construyó la terminal aérea. No estamos hablando de un edificio hecho hace 10 o 20 años, sino de una construcción que se levantó en el preciso instante en que Colombia vivía el despertar de la arquitectura moderna, con sus juegos de volúmenes, horizontales y diagonales que se aprecian armoniosamente en el hall del aeropuerto. Esta obra merece ser conservada, debería ser reconocida.

Lamentablemente, tal vez ya sea tarde para abrir la discusión. Es muy probable que no haya nada que hacer y en pocos días los martillos mecánicos empiecen a trozar al viejo edificio de El Dorado. Qué pesar que la falta de reconocimiento hacia aquello que representa nuestro patrimonio histórico (más allá de próceres y políticos) termine convertido en la herrumbre de lo que alguna vez fue ejemplo de la modernidad.

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