Por: Juan Gabriel Vásquez

Deporte y política

Mohammed Ali, el mejor boxeador de todos los tiempos, cumplió 70 ajetreados años el pasado 17 de enero, y por todas partes comenzaron a verse sus imágenes ya clásicas y sus peleas inolvidables y los documentales que sobre esas peleas se han hecho.

El mejor de éstos, When We Were Kings, es una de las grandes muestras del género: no sólo por la reconstrucción maravillosa de la pelea en Zaire con George Foreman, sino por los asedios que le hacen, entre otros, el novelista Norman Mailer y el editor George Plimpton. La relación entre literatura y boxeo tiene ya un cierto pedigrí: puedo pensar en un cuento de Hemingway (Fifty Grand) y de uno de Cortázar (La noche de Mantequilla Nápoles) y de un libro de Joyce Carol Oates (On Boxing). Hace poco, hablando con un grupo de desconocidos, recordé esos ejemplos; hablé de Mohammed Ali; hablé del documental. Y entonces alguien dijo algo que había oído ya varias veces y nunca ha dejado de sorprenderme: “Sí, qué buen boxeador. Qué lástima que se metiera tanto en política”.

Hay gente a la que esa mezcla desagrada profundamente: que un deportista hable de política les parece injustificado y hasta de mal gusto, no sólo por aquello de zapatero a tus zapatos, sino porque creen en verdad que el mundo del deporte tiene algo de escapismo justificado y aun de pureza, una naturaleza más o menos inocente que no se debería contaminar con el barro de las tensiones políticas. El caso de Ali, cuyo nombre adoptado ya es una declaración política, les resulta chocante, pero he sostenido siempre —y sigo sosteniendo perfectamente en serio— que uno de los grandes momentos de la filosofía política en el siglo XX ocurrió cuando Ali, en dos frases, resumió las relaciones raciales de su país, pero también los eternos problemas del colonialismo e incluso la espinosa e internacional cuestión de la identidad: “Yo no tengo que ser lo que ustedes quieren que sea”, dijo. “Yo soy libre de ser lo que yo quiero ser”.

Lo que sucede, por supuesto, es que no todos los deportistas son tan elocuentes o agudos como Mohammed Ali (que ni siquiera lo era siempre), y es muy fácil que Maradona, por ejemplo, haga el ridículo en Venezuela y en Cuba. Pero la verdad esencial no cambia: los dos mundos no son tan extraños como algunos quisieran. La historia del deporte no es separable de la historia política: los juegos olímpicos de Berlín en 1936 nos dejaron el más grotesco ejemplo de propaganda, sólo comparable al destino de los jugadores norcoreanos del mundial pasado; los hinchas incondicionales del Barcelona creen que el gran Di Stefano tenía que ir a jugar al club, y sólo la intervención del dictador Franco hizo que acabara en el Real Madrid; y eso por no hablar de lo que cuenta Kapuscinski en La guerra del fútbol sobre Honduras, El Salvador y un conflicto bélico cuyo origen es un partido previo al Mundial de 1970.

Pretender que el deporte —que mueve masas y emociones como ninguna otra actividad humana— se mantenga al margen de la política —que es el oficio de manipular esas emociones y esas masas— es una ingenuidad. Pero además es indeseable: puesto a decir quién hizo avanzar más los derechos civiles de los negros, uno no podría escoger entre Martin Luther King y Mohammed Ali. Yo, por lo menos, no quisiera tener que hacerlo.

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