Por: Jaime Arocha

Desaprender la violencia

Alexandra Samper recogió el testimonio de Guillermo Cortés sobre su secuestro por parte de las Farc. Apareció en el número 143 de El Malpensante, resaltando además la creación, adquisición y refuerzo de hábitos físicos y mentales para el combate y la clandestinidad.

En inglés se usa la palabra drill —‘troquelar’— para dar cuenta de aquella pedagogía militar que es objeto del documental que Carlos Duarte y Carlos Cárdenas titularon Fusiles de madera. Narra la formación que ideó el Eln para que sus reclutas ascendieran del tallado y uso de armas de palo a la adquisición del primer fusil y del nombre que de ahí en adelante los identificaba como guerrilleros. Gracias a la sacralización diaria de Manuel Pérez, Camilo Torres y demás fundadores, los guerreros en formación racionalizaban la degradación mental y emocional del adversario; se apropiaban de la semántica que legitima el secuestro como retención, de la automaticidad de la respuesta armada o del acatamiento incuestionado de órdenes provenientes de la cadena de mando.

La lógica equivalente de las Farc naturalizó el que un hipertenso de 74 años, con insuficiencia renal, hubiera sido tratado como una mercancía cuyo valor agregado era susceptible de mejora fotografiando heridas y laceraciones, luego de resaltarlas con la sangre de un gallo. Del mismo modo normalizó las ejecuciones de quienes podían lastrar el desplazamiento de la columna: un par de ancianos asesinados dentro de una cueva y un joven guerrillero, quien penosamente se movía con una pierna gangrenada, al final, reptando sobre el tronco que formaba un puente improvisado.

Asimismo, el testimonio de La Chiva Cortés da cuenta de las raíces del trenecito camuflado que Mauricio Rubio reveló en un número anterior de esa revista (Nº 140). Lo corriente llega a consistir en penetrar a las guerrilleras sin enredarse con goces eróticos, ternuras, ni compromisos futuros. Para Cortés, la dureza del páramo contribuye a la rudeza de los guerreros con sus cartografías precisas, elaboradas trasegando por abismos, cañadas y picos elevados.

El posconflicto requiere desmantelar esos troqueles, pero los anteriores procesos de paz más bien esquivaron la pedagogía necesaria. En ausencia de estrategias educativas y psicoterapéuticas, exmilitantes como María Eugenia Vásquez han tenido que asumir la metamorfosis individualmente. Dentro de su autorreflexión y reconstrucción personal, ella constató que, entre mejor aprendidos, los mensajes se hacían menos cuestionables y por lo tanto más inaccesibles para su contradicción y desmonte. De ahí que “para vivir” hubiera sido la justificación de su libro autobiográfico —Bitácora de una militancia—. Lo escribió como medio de enfrentar la agonía que le causaba el desaprender conductas de las cuales se había apropiado para llegar a ser guerrillera del M-19. Ellas comprometían esas decisiones autónomas e individuales gracias a las cuales una antigua combatiente podría vivir en un medio no belicista, sin resolver el conflicto descalificando o silenciando al adversario. Ojalá el testimonio de La Chiva Cortés dé para pensar en transformaciones indispensables pero que poco figuran en los diálogos de La Habana.

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