Por: Salomón Kalmanovitz

Desequilibrio preocupante

ES SORPRENDENTE EL CRECIMIENTO del déficit en cuenta corriente de Colombia, que pasó de US$5.000 millones en 2009 a US$9.000 millones en 2010, equivalentes a 3,2% del PIB. Eso significa que el resto del mundo nos está financiando el gasto interno, en particular la inversión.

Un déficit fiscal superior al 4% del PIB refleja lo mismo: un desahorro profundo y estructural del cual es responsable el gobierno.

Los llamados déficits gemelos hacen que la economía pierda competitividad frente al resto del mundo. En efecto, ya es corriente escuchar las voces de gremio tras gremio exportador —floricultores, marroquineros, textileros y confeccionistas—, como también de los que compiten con las importaciones baratas, que acusan condiciones de rentabilidad decreciente por la revaluación del peso a que contribuyen los déficits enunciados.

Por componentes de la cuenta corriente, el país tiene un superávit comercial, puesto que exportó 39.546 millones de dólares e importó 37.521 millones. Cuatro rubros —petróleo, carbón, oro y ferroníquel— aportan 67,4% del total exportado, inflados por precios internacionales muy altos. Es obvio que una dependencia tan extrema puede ser muy inconveniente cuando el vaivén de precios se vuelque en contra de las materias primas. Si China llega a tener una crisis financiera, que temen varios observadores de ese país, nos veríamos en calzas prietas.

El déficit en cuenta corriente se explica por salidas en la cuenta de servicios como intereses por la deuda pública y privada y remisión de utilidades (-10,000 millones de dólares), contrarrestadas por remesas de trabajadores colombianos en el exterior. El financiamiento de ese déficit surge de la cuenta de capital con un superávit de US$11,879 millones, de los cuales 7,673 millones son inversión extranjera directa y 6,760 millones son inversión de cartera o sea capital que especula con los bonos del gobierno y en bolsa, más créditos por 5.509 millones de dólares.

La locomotora fundamental escogida por el Gobierno es precisamente la minería y hay que preguntarse si le conviene al país apostarle a esa suerte. Se trata de una actividad depredadora del medio ambiente si no se regula, que es nuestro caso. No le deja al país regalías proporcionales a la renta que generan los altos precios, por ejemplo, el oro deja 4% con un precio internacional de US$1.400 la onza. Hay unas empresas mineras que son grandes evasoras de impuestos y otras a las que se les ha permitido introducir más de 800 dragas de contrabando y que están acabando con los lechos de los ríos y sus riberas. ¿No sería mejor una regla de reparto de la renta que permitiera capturarla y ahorrarla fuera del país y así evitar la revaluación del peso? Se trata además de un sector intensivo en capital, que demanda poco trabajo y que no tiene muchos vínculos con el resto de la economía.

Una de las pocas ventajas del TLC con Estados Unidos es que ante la posibilidad de construir una plataforma de exportación manufacturera hacia ese país, algo que se dificulta con la especialización minera y los déficits gemelos que favorecen la revaluación de la moneda. Ante esa perspectiva, sería bueno considerar incentivos de una sola vez, como una exención temporal de impuestos, para atraer inversión que genere empleo y exportaciones diversificadas. El Gobierno debe entrar en una senda de ahorro para contribuir a desarrollar una economía más compleja y creadora de trabajo, si es que se le da la voluntad política para hacerlo.

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