Por: Ignacio Zuleta

Desiderata para el 2013

Los comienzos de año traen su energía renovadora y sus propias esperanzas.

La mente se dispone a quemar el año viejo, a corregir errores y a darles vida a las visiones de un ser humano mejor, un país mejor y un mejor mundo. Quisiera enunciar desde el optimismo, y pensando con las ganas, un par de temas que serán durante el año motivo de reflexiones más profundas. Deseamos:

Que los diálogos de paz nos abran los ojos pues la guerra no es gratuita y proviene de la desigualdad social, la inequidad en la tenencia de la tierra y el maltrato infantil, entre otras causas. Es importante escuchar con tolerancia, reflexionar sobre la dinámica y conveniencia de un sistema económico que ha probado ser injusto, depredador y cínico por naturaleza, para crear modelos nacionales propios, aun a costa de sacrificar algunas aparentes ventajas comparativas, que no son más que excusas para dejarnos explotar por otros.

Que los gobernantes no olviden que hoy en día el problema fundamental de la paz no es sólo la guerrilla. La violencia cotidiana actual también proviene de las bandas organizadas que heredamos de los paramilitares, de las falsas desmovilizaciones y de los golpes mediáticos a los minicapos, que han atomizado el crimen. No hay una sola región en el país libre de la vacuna impuesta igualitariamente al pobre y al rico. Los asesinatos por incumplimiento, a cuentagotas y sin registro en los medios, son la realidad habitual, asumida con resignación y desesperanza al ver que los organismos de seguridad del Estado también están corruptos.

Que haya un cambio en el sistema de salud, empezando por la concepción de la misma, pues se ha vuelto un asunto farmacéutico. Los precios, la falsificación y el tráfico de medicamentos, sumados a los sobornos de las multinacionales a los médicos y a la corrupción del sistema, nos han dejado sin verdadera salud pública y a merced de los vampiros. Es fundamental promocionar y oficializar la medicina natural tradicional, sencilla y de bajo costo, como lo han hecho muchos países de culturas más dignas, como la India con el Ayurveda, la China, el Tíbet y cientos de comunidades africanas con el regreso a las plantas y al saber tradicional.

Que la concepción de “progreso y desarrollo” basada en el dinero como medidor falaz del bienestar humano, dé paso a una visión integral, espiritual y telúrica del hombre. De lo contrario arrasaremos con lo que queda de las selvas y las plantas, los animales, el agua y las culturas aborígenes milenarias que apenas sobreviven. Aquí no ayuda la estúpida y fallida guerra contra las drogas, que es una guerra frontal contra la gente. Hay que pacificar el campo para fomentar un regreso a la tierra, pues promover un país urbano es un error: la ciudad gigantesca, especialmente si es una megalópolis del Tercer Mundo, es un monstruo que deshumaniza, desarraiga, y enloquece. Si ese es el desarrollo, no lo deseo para mis hijos y mis nietos.

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