Por: Fernando Araújo Vélez

Desordénate

No te tomes tan en serio. No me tomes tan en serio. Bailemos. Que el silencio sea la música, como si fuéramos Simon and Garfunkel, y que el ritmo sean nuestros pasos desordenados. Uno, dos, siete, nueve, cinco, tres. Písame, pisémonos, que al final recordarás más este desorden de pasos que el baile perfecto con el parejo perfecto de tu graduación. Desordénate, desordéname. Desordénate y sé perfecta en tu no orden, en tus no reglas, en tu no cuidado, e invítame a tu desorden, que yo cada día estoy más hastiado de orden, de órdenes y tradiciones, de viejos legados, de antiguos preceptos, y ya no quiero verte perfecta, porque hasta el concepto de perfección me lo han impuesto, nos lo han impuesto.

Desordenémoslos a ellos también y hagamos pedacitos sus perfecciones, porque ser perfectos, si te fijas, es ser a la medida de ellos, o mejor, en la medida que ellos quieren que seamos, humildes, sumisos, trabajadores, cumplidores, obedientes, pulcros, educados, inteligentes para hacer un trabajo lo mejor posible y producir y seguir produciendo. Desordenémoslos apagando los televisores, largándonos todos de nuestros obligados y pagados trabajos un jueves a las tres de la tarde, desoyendo a los que critican a quien no cumplió su horario y escupiendo relojes y calendarios. No te tomes tan en serio ni tomes en serio ese montón de códigos que nos hacen ser, cada vez más, robots al servicio de los de siempre.

Desordénate y déjame verte así, desordenada, que para modelos de belleza, de ropa, de movimientos, de bailes y cantos, de caminares y palabras políticamente correctas están la televisión y el cine y las revistas. Mírame y camina como si estuvieras sola, lejos, muy lejos de las normas y las aprobaciones de los demás. Bota en la basura tu necesidad de ser culta y recupera tu pedregosa inteligencia, tu sabiduría de niña, cuando pintabas y escribías y hablabas sin ataduras ni competencias, cuando jugabas a ser cantante frente a un espejo y te revolvías el pelo a lo Gloria Trevi. Desordénate, como antes de la escuela, que es decir, antes de que te amaestraran.

Bailemos de nuevo. Que de nuestro baile, único, irrepetible, ligero y enrevesado a la vez salgan astillas, y que esas astillas nos lleven al vértigo, y que en el vértigo perdamos todas las nociones de la realidad, comenzando por la nuestra.

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