Por: Eduardo Sarmiento

Desregulación financiera

En los últimos meses el Banco de la República arreció la baja de la tasa de interés para detener el rápido deterioro de la actividad productiva. Los intentos han sido infructuosos. La tasa de interés del crédito no ha variado considerablemente y el crecimiento del volumen descendió. La contradicción no podía ser más gráfica. Como la tasa de usura se calcula igual a 1,5 veces el promedio de la tasa de interés del trimestre, el Gobierno apareció comprometido en el despropósito de bajar las tasas subiendo su tope máximo.

La desregulación financiera de las últimas décadas se justificó sobre la base de que la competencia induciría a los bancos a ofrecer las mejores condiciones a los ahorradores para captar recursos y colocarlos en las actividades más rentables. El resultado ha sido muy distinto por las características del sector financiero y el marco institucional que revisten a los intermediarios de claros poderes monopólicos. Sus esfuerzos se orientan a obtener la máxima ganancia reduciendo la tasa de interés del ahorro y colocando los recursos de acuerdo con el riesgo. De esta manera se configuraron organizaciones que obtienen depósitos a 3% y los colocan a más de 20%. No hay ningún otro sector en la economía que genere una rentabilidad parecida.

La estructura piramidal de las instituciones financieras da lugar a comportamientos que tienden a acentuar los ciclos de la producción (procíclica). En las épocas de auge experimentan grandes utilidades y aumentos de depósitos que las inducen a relajar los requisitos de crédito, en tanto que en las épocas de destorcida ocurre lo contrario y proceden a endurecer exigencias. Así, en la actualidad los buenos oficios del Emisor de bajar la tasa de interés y aumentar el crédito para enfrentar el desplome de la actividad productiva se encuentran ante una abierta actitud de los bancos tendiente a moderar el crédito y elevar las tasas de interés para reducir el riesgo en un momento de caída del producto y alta incertidumbre.

Las oscilaciones del crédito van de la mano de las burbujas. La baja tasa de interés de los títulos de renta fija conduce a los agentes económicos a asumir mayores riesgos movilizando los recursos a la adquisición de activos, como acciones y vivienda. Lo cierto es que la demanda de la construcción de vivienda supera las disponibilidades de tierra. Los precios crecen por encima de 12% y colocan a los usuarios ante el riesgo de que en el futuro sus viviendas valgan menos que el crédito, como pasó en los 90.

La baja de la tasa de interés, junto a la compra de dólares, también se ha empleado para inducir la devaluación del tipo de cambio. Pero la adquisición masiva de divisas (US$10.000 millones anuales), muy superior al superávit cambiario, ha sido neutralizada en buena medida por los especuladores, que siguen las operaciones del Banco de la República y apuestan a que las devaluaciones no son sostenibles. Como sucedió en la última década, las alzas de precios de las divisas son seguidas de caídas que les significan cuantiosas rentas a los especuladores.

La liberación financiera presupone que el sector se acomoda pasivamente al resto de la economía. Los hechos han mostrado una realidad opuesta; la expansión del crédito es impedida por los bancos y la devaluación por los especuladores. Se confirma que la organización macroeconómica no puede renunciar a la regulación monetaria y cambiaria, ni al déficit fiscal. La política monetaria aislada de tasas de interés no asegura la reactivación sostenida y es una fuente de burbujas, pirámides y especulación que le introducen grandes incertidumbres e inequidades a la economía.

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