Por: Andrés Hoyos

La destitución de Petro

No hay situación por mala que sea que no sea susceptible de empeorar, dice la ley de Murphy.

 Teníamos en Petro a un muy mal alcalde de Bogotá (precedido por otro peor), pero ahora que el Savonarola a cargo de la Procuraduría usó la guadaña que la Constitución le da para destituirlo, nos queda un vacío abonado para la semilla populista. De ñapa, el lunes en la noche le vimos la peor cara a Gustavo Petro, belicoso, soberbio, incendiario.

Dado que Colombia es un país desprovisto de verdaderos partidos políticos que adelanten estrategias coherentes y explícitas, los sucesos nos atropellan, muchas veces en seguidilla. Sucedió que, en reacción al predominio de la derecha uribista en el gobierno nacional y debido a la torpeza de unos políticos de centro mal iluminados, la izquierda —llamémosla así por falta de mejor término— logró elegir en Bogotá a tres alcaldes sucesivos que no estaban ni remotamente preparados para gobernar una ciudad de siete y medio millones de habitantes.

En todo caso, la peor alternativa a los líos actuales era la destitución del alcalde, aunque no se trata de ningún golpe de Estado ni mucho menos es el regreso a la era de los carros bomba, como se dijo por ahí. La solución de continuidad a una mala administración tendría que ser la revocatoria del mandato, proceso de clara estirpe democrática y preferible de lejos al ukase administrativo. Sin embargo, el mecanismo plebiscitario tampoco funciona en Colombia, como que hasta el día de hoy no ha sido posible revocarle el mandato ni siquiera a uno de los miles de mandatarios incompetentes o bandidos que han sido elegidos desde que la medida quedó instituida en la Constitución de 1991. Petro, tan apegado a su renovada condición de víctima, puso todas las trabas habidas y por haber a la revocatoria que se intentó en su contra, y medio se estaba saliendo con la suya antes de la destitución, pues el inefable registrador nacional al parecer anticipó las vacaciones de la entidad que dirige, esperando a que el procurador sacara las castañas del fuego por él.

Por si lo anterior fuera poco, tenemos un sistema judicial y disciplinario mal diseñado y peor gestionado, que en vez de ayudar a enderezar los entuertos derivados del caos ético y político, los empeora y convierte problemas resolubles en endémicos. No hay que ser magistrado para saber que es impresentable que una entidad investigue, instruya y luego falle sin otra instancia de apelación que ella misma. El dilema típicamente colombiano es que la reforma a la justicia (incluida la administrativa) resulta inaplazable e imposible a la vez.

Hay que considerar, por último, las consecuencias prácticas de todo lo anterior. La ciudad iba mal y ahora va peor. Era obvio que de los mil líos que tiene Bogotá, una docena o más son más graves y más urgentes que la recolección de las basuras, tema que, según un análisis de la Silla Vacía, está costando demasiado y sigue empantanado. Mientras tanto, Petro mandará un mes más pese a que está de salida, fórmula peligrosa si las hay.

Lamentable, por último, que uno se vea obligado a escribir sobre Petro cuando quería escribir sobre Mandela. Algo va del gran Nelson, un hombre que abandonó la lucha armada sin remilgos, a Gustavo Petro, quien según nos decía él mismo el lunes en la Plaza de Bolívar, está convencido de que los colombianos salimos a deberle por haber dejado las armas.

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