Por: Nicolás Uribe Rueda

Lo que dicen los expertos

Aquellos que dicen saber de paz y de cómo obtenerla, así hayan fracasado de manera sistemática en conseguirla en los últimos años, han manifestado insistentemente que el discurso de Márquez en la instalación de los diálogos de paz estaba dentro de los parámetros de lo esperado.

Nada diferente podía hacer —dicen ellos— quien desde su posición, y con audiencia internacional, tiene la oportunidad de deslegitimar al Estado que combate, calificándolo de opresor, criminal y corrupto. Además —complementan—, las Farc son así y, por tanto, ese es el tono, el trato y los temas que deberán gestionarse adecuadamente en la mesa de negociación para poder llegar a la paz.

Lamento no estar de acuerdo con los llamados expertos de la paz. Que los guerrilleros posean una percepción diferente del mercado, de la economía y de la naturaleza del Estado no significa que no tengan algún vínculo que los ate a la realidad y les permita adecuarse al rol de negociadores de paz que están jugando. Que no quieran reconocer su naturaleza narcoterrorista, que no acepten ser violadores sistemáticos de derechos humanos, los principales responsables del desplazamiento y hasta los más abusivos mineros que cometen todas las barbaridades que denuncian, no quiere decir que no puedan entender, salvo que no quieran, que esta oportunidad de paz no es un sometimiento del Estado a sus designios ni un escenario para permitirles ventajas estratégicas.

Lo grave de lo sucedido en Oslo no fueron los insultos de las Farc, ni sus deslices ideológicos, ni mucho menos sus críticas sesgadas. Aguantarse la cátedra totalitaria de Márquez y el “tranquilo, Bobby, tranquilo” de Santrich es tedioso y casi insoportable, pero no tan ofensivo como para romper por ello unos diálogos de paz. Lo preocupante es más de fondo y consiste en la dilación de las Farc para concretar en asuntos puntuales su voluntad de paz y realizar las demandas específicas que ellos consideran necesarias para desmovilizarse y avanzar hacia un proceso de reinserción.

Seguramente lo que las Farc entendieron hace rato es algo que los expertos de la paz aún no han visto. Y es que no hay nada que el Estado democrático pueda ofrecer a la guerrilla, aun haciendo su mejor esfuerzo, que resulte suficiente para que ella decida dejar las armas. Es claro que no discutiremos el modelo económico, que no habrá impunidad y olvido, que no hablaremos en la mesa de la doctrina militar y que no estamos dispuestos a convertirnos en un Estado socialista. Y a eso es a lo que aspiran las Farc. A nada menos y seguramente a mucho más.

No nos engañemos. Los terroristas de las Farc saben que no ganarán la guerra y también entienden que sus postulados ideológicos tienen pocas posibilidades de triunfar en las urnas, por más garantías y ventajas que se les concedan. Cualquier camino, el de la política o el de la guerra, los conduce por tanto al mismo resultado: el fracaso de su lucha. El problema de la paz, por tanto, no es un asunto ideológico sino práctico, que consiste en la imposibilidad material de complacer a quien exige la rendición del Estado colombiano.

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