Por: María Elvira Samper

Difícil no perder la fe

La ronda 11 de las conversaciones de La Habana, que se cerró el martes pasado, fue muy distinta a las anteriores.

Se abrió en medio de un ping pong de declaraciones y la inusual —y selectiva— publicación en la revista Semana, de un artículo del vocero de los negociadores del Gobierno, Humberto de la Calle, en el que rechaza la propuesta de la constituyente como mecanismo de refrendación de un eventual acuerdo; se desarrolló con una metodología que privilegió las reuniones de los negociadores en mesas separadas sobre las conjuntas, y concluyó —también por primera vez— sin una declaración pública del equipo del Gobierno, y con el tradicional comunicado conjunto —más escueto que nunca—, que dice que continuaron avanzando en la discusión sobre participación política. Nada de nada.

La sensación que dejó es que el proceso o está estancado o en crisis, y por eso aumentan la confusión, los interrogantes y las dudas que pesan sobre la mesa de La Habana. Si bien los expertos en resolución de conflictos lo consideran normal, cabe preguntar si todo eso no es la consecuencia de un error del Gobierno, que fue haber aceptado el prólogo del llamado ‘Acuerdo Marco’ bajo el supuesto de que sólo sería el marco general de referencia de la agenda de cinco puntos, pero que las Farc —precisamente por lo general— han utilizado como plataforma de lanzamiento de propuestas que exceden los límites de lo acordado.

 Enredar, discursear y dilatar para medirle el aceite a la contraparte han sido parte de la estrategia de esa guerrilla en las mesas de diálogo de La Uribe, Caracas, Tlaxcala y el Caguán, y lo sigue siendo en La Habana. Se hizo evidente desde el discurso de Iván Márquez en Oslo, cuando dijo: “La paz no significa el silencio de los fusiles, sino que abarca la transformación de la estructura del Estado y el cambio de las formas políticas, económicas y militares”. Y lo ratificó Timochenko en su reciente carta al presidente Santos: “La terminación del conflicto y la paz no van (sic) a ser producto de conciliábulos entre Gobierno y guerrillas en el exterior, sino el producto de profundas transformaciones en la vida colombiana…”.

En esa lógica se inscriben las 10 “propuestas mínimas” que plantearon como case para la discusión sobre la participación política, el segundo punto de la agenda (reestructuración del Estado, eliminación del régimen presidencial, elección popular de procurador, fiscal y contralor, reforma de las Fuerzas Armadas, del sistema electoral y de la justicia, garantías plenas para la participación política de los grupos guerrilleros, y los movimientos y partidos de oposición, democratización de la información y de los medios de comunicación, cambio del modelo económico, constituyente…).. Esta vida y la otra, en un pulso político que es parte del juego, pero que muchos no lo entienden así, y que ha servido para nutrir los argumentos de los enemigos del proceso.

Un panorama confuso que el Gobierno contribuye a enrarecer con el doble discurso que maneja. Por un lado, el del ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón —el de los bandidos y terroristas que lleva implícito el mensaje de que las Farc pueden ser derrotadas militarmente— y, por el otro, el tibio y no pocas veces vergonzante del propio presidente Santos, que no parece jugado por el proceso y que, tal vez con el propósito de disminuir el costo político en caso de fracaso, cada vez que las Farc corren los límites dice que el Gobierno está dispuesto a pararse de la mesa y que se perdería poco si se rompen los diálogos. Muy difícil no perder la fe si nadie en el Gobierno defiende con la frente en alto las conversaciones de La Habana.

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