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Eduardo Barajas Sandoval 21 Ene 2013 - 11:00 pm

La dimensión externa de la unidad nacional

Eduardo Barajas Sandoval

La Comisión Asesora de Relaciones Exteriores no es la suprema junta directiva de orientación de la política exterior colombiana.

Por: Eduardo Barajas Sandoval
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Las discusiones que se puedan dar al interior de ese organismo de índole consultiva, que no tiene reuniones periódicas, salvo las informativas, al que no es obligatorio acudir y al que los gobiernos recurren solamente cuando les parece conveniente escuchar unas opiniones, no pueden arrojar luz suficiente sobre el origen de las decisiones que una u otra administración haya tomado en materia de política exterior. Por eso la idea de publicar lo que se haya dicho o no en el seno de la Comisión, lo mismo que la de avanzar en una cacería en busca de responsables por un resultado judicial que pocos parecen haber comprendido en sus verdaderas proporciones, solo servirían para romper varios principios no escritos que existen en todas partes y que, en nuestro caso, debemos ver si vale la pena transgredir.

Es de suponer que los temas que el respectivo gobierno lleve a consideración de la Comisión se discuten allí con el mejor ánimo de defender los intereses nacionales. No otra cosa se puede esperar de la congregación de quienes han tenido a su cargo la conducción de las relaciones internacionales del país, es decir los ex presidentes de la república, de personas escogidas por el Jefe del Estado por su idoneidad para opinar sobre los mismos temas, y de miembros del Congreso, incluyendo personas de filiación distinta de la del presidente, que han sido elegidos para procurar el bien común.

Lo anterior implica que se trata de reuniones en las que se reflexiona de manera espontánea y escueta, desde diferentes ópticas y en consideración de la más amplia gama de posibilidades, sobre las opciones que el país tenga para actuar de una u otra manera en el escenario internacional. Todo a sabiendas de que lo que allí se diga no es obligatorio ni exime al Ejecutivo de la potestad de tomar las decisiones que crea idóneas en ejercicio de su facultad constitucional de dirigir las relaciones internacionales del país.

La existencia de un foro de esa índole no es exclusiva de Colombia. Con diferente denominación y composición, cada país cuenta con la instancia consultiva equivalente, y sus deliberaciones no son publicitadas, justamente debido a que allí se hacen todo tipo de cálculos y se revelan informaciones y opiniones que en muchos casos tienen que ver con eventuales oponentes externos, que no tienen porqué enterarse de los secretos de cada familia.

Como no se trata de reunirse para desacertar o para atentar contra la propia patria, existe un principio generalizado de discreción que permite que al respectivo foro se le deje deliberar con la debida reserva y que nadie reclame que cada paso de los que allí se dan, en tono de elucubración estratégica, se haga público de inmediato, porque se podrían poner de pronto en juego los intereses nacionales. Esto sin perjuicio de que, con el paso del tiempo, superado de verdad el episodio correspondiente, se venga a saber lo que cada quien hubiese pensado o recomendado. Pero nunca en medio todavía de la confrontación del respectivo país con poderes extranjeros.

La unidad nacional suele encontrar en el terreno de las relaciones exteriores el mejor escenario para su expresión más depurada, conforme a otro principio sustantivo según el cual, ante un adversario común, se deben aunar voluntades y fuerzas con el propósito de defender lo que es de todos. Nuestra propia historia, y la de muchos países, presenta ejemplos fehacientes de la importancia de su observación. Nada más extraño a la realización del patriotismo que la división interna y la demostración de un ánimo recriminatorio que de ninguna manera sirve a los intereses nacionales.

Ligado íntimamente al principio anterior existe otro, propio del más puro talante republicano, que es el de no hacer política interna a costa de la política internacional. La observación de este postulado evitará en todos los casos males peores que el de perder una batalla electoral o un round en el pugilato de la competencia interna por causas inmediatas, por lo general de poca trascendencia histórica.

No se sabe si la revelación de las deliberaciones de un ente de carácter consultivo, al que no era rigurosamente necesario recurrir, termine por dejar las cosas en lo mismo. En cambio, herida de muerte la Comisión, sería preciso inventarse una instancia equivalente, porque ningún país se puede dar el lujo de quedarse sin ella. Y no se trata de pregonar el adelanto de una política exterior secreta en cuya concepción solo participen unos iniciados excluyentes, sino de fomentar un debate permanente sobre los temas internacionales, al tiempo que se cuente con un reducto para la hora de las consideraciones estratégicas que son indispensables.

El país debería unirse y aprovechar sus mejores capacidades para orientar su acción en un proceso que aún no ha concluido y en el que, en lugar de andar lanzando dardos en contra del mismo equipo, es necesario decidir cómo, y si se va a defender la soberanía que se nos reconoció ahora formalmente sobre los territorios insulares que estuvieron en disputa ante la Corte de La Haya y sobre una porción de mar que, en todo caso, y a pesar de lo chocante de la sentencia, nos deja todavía como dueños indiscutibles de la porción más grande del Caribe occidental, por lo menos a lo largo de los más de setecientos kilómetros que van desde Cartagena hasta el extremo occidental del mar territorial de San Andrés, más allá del famoso meridiano 82.

La unidad nacional no es obligatoria al interior del país, donde es mejor que haya diferencias constructivas sobre todos los temas y donde es saludable que sobreviva un serio esquema de gobierno y oposición. En el frente externo, por el contrario, es indispensable obrar con generosa buena voluntad, bajo la misma bandera, para no desperdiciar las oportunidades históricas de defender, entre todos, los intereses que nos son comunes.

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