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Columnista invitado 26 Abr 2013 - 7:34 pm

Bitácora de Feria

La dinámica de la memoria

Columnista invitado

Varios libros sobre los estantes, pero allí no había nadie distinto a las cuatro mujeres encargadas del stand. “Se mueve mucho”, contaron, llega la gente y mira, deja sus libros y se lleva el mismo número que deja. La dinámica funciona.

Por: Columnista invitado
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La Feria estaba casi vacía ese jueves por la tarde, el cielo estaba gris y llovía. Había algunos lanzamientos de libros en otros salones y muchos no sabían que había algo así como el Cambalache Literario. Esos eran los que entraban al stand invitados por las mujeres de rojo, quienes les contaban, amablemente, de qué se trataba: “Tú traes tu libro, lo dejas, y tomas otro. Todo con una condición: que le dejes una dedicatoria al siguiente lector”.

“Es bonito”, comentó una de ellas, “yo cambié un libro y en el que me llevé había algo escrito por un niño que me conmovió profundamente”. Era algo así como “espero que disfrute este libro como yo lo disfruté”. Ella no dijo cómo se llamaba el libro que cambió, ni tampoco contó cuál era el nombre del niño que le había dejado la dedicatoria —¿cómo supo que era un niño?—. No contó por qué se había conmovido y seguramente no se detuvo a reflexionar, pero se fue feliz para su casa, llevándoselo con ella. Se quedó con algo más que un libro, eso pasó: se llevó la historia de ese que para ella era un niño, y se llevó la posibilidad —la necesidad, casi— de disfrutarlo de la misma manera en que él, algún día, recostado en su cama, lo había hecho.

El libro adquiere todo un peso, difícil de explicar, pero es un peso distinto al de uno recién comprado en una librería. Había pertenecido a alguien más, había sido cómplice de las reacciones y de las sensaciones que sus palabras habían despertado en ese alguien, y las había guardado. Ahora la memoria pasa al siguiente lector, escondida entre las páginas, y él tiene la posibilidad de imaginar, mientras lee, quién era esa persona que lo había leído antes y qué pudo haber sentido cuando lo leyó. Dos historias en una sola, ahí está la mística.

Las dedicatorias acercan a ese lector, lo vuelven real: “Al pequeño gigante que tome este libro, le deseo la mayor satisfacción”, “Para los jóvenes que descubren un nuevo amor”, “Disfrútalo mucho”, rezaban algunas. “A María Fernanda y al sol, la luna y las estrellas de su ternura” fue la dedicatoria que dejó Jairo Aníbal Niño, con tinta morada, en El nido más bello del mundo. Ahí estaba el libro, parado en el stand. Seguramente María Fernanda ya creció, y fue abandonando su ternura, pero dejó ahí ese libro para pasárselo a otra persona. A otra niña, tal vez, o a alguien más que todavía encuentre belleza en los libros para niños.

 

* Adriana Marín

  • Adriana Marín Urrego | Elespectador.com

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