Por: Catalina Ruiz-Navarro

Diomedes

Ni para sus admiradores más devotos es un secreto que Diomedes era un hombre terrible: machista, mujeriego, violento, periquero, ostentoso, despilfarrador.

 También es cierto que sus más acérrimos detractores, aun a pesar de sí mismos, se saben alguna de sus canciones de memoria. La música de Diomedes está en todas partes, protagonista de la fiesta colombiana, banda sonora de celebraciones y despechos; es un legado cultural indiscutible que para bien o para mal encarnó la alegría, la tristeza y la violencia del Caribe colombiano y de todo el país.

Muchos asumen que llorar su muerte es hacer apología de su crimen y otros pensamos que no, que una cosa es celebrar al músico y otra defender a un hombre, por demás indefendible. La pregunta es si hombre y músico pueden separarse, si podemos verlos de manera aislada o si su obra y su vida son una sola cosa que debe aceptarse o repudiarse por igual. Me parece que no pueden trasladarse los juicios morales sobre la persona a la obra, así como no pueden trasladarse los juicios estéticos sobre la obra a la persona. Que Diomedes fuera un gran cantante de vallenato, carismático compositor y performista, no lo exime de su crimen; pero, de la misma manera, su conducta violenta no es el legado que nos deja como artista. Aun si decimos, como se afirma sin tregua en el arte contemporáneo, que artista y obra son la misma cosa, no podemos usar los mismos estándares para juzgarlo desde la estética y desde la moral.

Es comprensible que les hagamos exigencias éticas a nuestros ídolos. De alguna manera nos sentimos representados en su trabajo y es, como mínimo, incómodo saber que eso que cantamos hinchando pecho, identificados, es a la vez la obra de alguien deplorable. Por supuesto, sería más fácil que nuestros ídolos fueran todos moralmente buenos. Así podríamos adorarlos sin culpas. Pero no es así. La cultura está llena de hombres y mujeres que en su vida personal eran nefastos, pero que dejaron un aporte invaluable: Freud, cocainómano y machista; Faulkner, racista; Heidegger apoyó a los nazis; Wagner, antisemita; Polanski, acusado de violación. Pitágoras asesinó fríamente a su discípulo Hipaso por andar regando el chisme de que hay números irracionales (v2), dinamitando así la perfecta cosmogonía que proponía su maestro. No por eso desdeñamos su legado matemático. Si el valor de la obras estuviera en la calidad ética de la vida de sus autores, nos perderíamos de mucho. La mezquindad humana también produce grandes obras.

Los artistas no tienen por qué ser líderes morales, pues el objetivo del arte y el entretenimiento no es educar éticamente. Diomedes lleva a los extremos una violencia muy colombiana, por eso nos pica. Es reconfortante montarse en el caballo de la moral para condenar al hombre; al hacerlo negamos la maldad propia, pero también olvidamos que tal vez ninguno de nosotros podría alcanzar las exigencias éticas que les hacemos a nuestros artistas. No creo que quienes lloran la muerte del músico hagan apología de los crímenes del hombre, más bien lo recuerdan porque su música hace parte emotiva de la historia personal de cada uno. Es como decir que al bailar Thriller apoyamos la pedofilia. Lo dice mejor otro gran artista costeño, Raúl Gómez Jattin, vagabundo y zoofílico: “Los poetas, amor mío, son unos hombres horribles, unos monstruos de soledad. Evítalos siempre, comenzando por mí. Los poetas, amor mío, son para leerlos, mas no hagas caso a lo que hagan en sus vidas”.

 

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