Por: Patricia Lara Salive

¡Dios lo oiga, embajador McKinley!

Inexplicablemente han pasado desapercibidas las revelaciones hechas el lunes por el embajador de Estados Unidos, Michael McKinley, sobre el cambio fundamental que él dice que ha habido en el enfoque del problema de la droga en su país.

Si ello fuera así, no sólo tendríamos que salir a aplaudir y a celebrar ese positivo nuevo rumbo sino, también, a estimularlo hasta el punto de que Obama, quien alguna vez confesó que en su juventud se había metido uno que otro cachito de marihuana, llegue de verdad, sin miedo y sin ambigüedades, a acoger una estrategia antidrogas del estilo de la planteada por los expresidentes César Gaviria, de Colombia, Fernando Henrique Cardozo, de Brasil, y Ernesto Zedillo, de México, la cual se centra mucho más en la prevención del consumo y en el reconocimiento de que la sola política de represión del narcotráfico ha sido ineficaz. Además, de esa estrategia de garrote a ultranza, en países como Colombia y México han quedado secuelas gravísimas de violencia y corrupción, una de ellas, la financiación inagotable de nuestro conflicto interno. Y si esa estrategia no se modifica, ese conflicto, a la larga, se nos hará interminable.

Miremos bien lo que McKinley afirmó en su entrevista a Yamid Amat: “En Estados Unidos ha habido un cambio muy importante en la forma en que manejamos la lucha contra el consumo y el narcotráfico, que no se reconoce en forma debida”. Gaviria, Cardozo y Zedillo “ponen énfasis en transferir el gasto de la lucha a la prevención y tratamiento, y en los últimos tres años hemos gastado más en prevención y tratamiento en los EE.UU. que lo que se ha gastado en el Plan Colombia en 12 años. Cada año se están invirtiendo en programas de prevención y tratamiento en EE.UU. de ocho a 10.000 millones de dólares”.

McKinley reveló además que el año pasado 120.000 personas fueron llevadas a centros de tratamiento, en lugar de ser apresadas por portar su dosis personal, y dijo que “desde el 2007 ha bajado 40 por ciento el consumo de cocaína”, lo cual significa que “el cambio de enfoque” ha dado resultados.

Pero, por supuesto, no todo es zanahoria en el nuevo planteamiento antidrogas norteamericano: el garrote se sigue repartiendo... Sin embargo, ¡ese cambio de énfasis es una luz de esperanza!

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Dios está triste: Como dice el dicho, ¡“a riqueza y santidad la mitad de la mitad”!

¿Quién podría imaginar que un papa renunciara porque no tuviera fuerzas para ejercer sus funciones?

¡Y es más que comprensible desde el punto de vista humano que se le hayan agotado! ¿No ven que, a juzgar por las filtraciones que ha habido sobre el caso, ese agotamiento parece generado porque al papa se le habrían vuelto inmanejables las intrigas y las luchas internas de poder dentro del Vaticano y, lo que es mucho peor, porque habría perdido la batalla ante las poderosas fuerzas que en la curia se oponen a que se sancione con cárcel a los cientos de curas culpables de pederastia?

Si lo anterior fuera verdad, el papa habría hecho muy bien en renunciar... Pero para hacerle un gran favor a la Iglesia y dejar en ella su huella indeleble, antes de irse y de enclaustrarse para siempre, tendría que denunciar en voz alta a esas fuerzas oscuras que actúan dentro de la Iglesia y que deben tener a Dios tan triste…

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