Por: Juan David Ochoa

Discriminaciones estatales

Nueva Zelanda, Francia y Uruguay aprueban el derecho al matrimonio igualitario.

Se adhieren a las sociedades que rechazan el desprecio con fallos de inclusión a las comunidades aplastadas por la moralina paranoica y persecutoria de siempre. Fue aprobado en Argentina, Suecia, Noruega, Dinamarca, Islandia, España y Portugal hace unos años, y hace más de una década en Bélgica y Holanda. Deslegitimaron la exclusión, como lo hicieron progresivamente en la extensión de Europea con la idea obtusa que afirmaba la ausencia de alma entre los negros, con la anacrónica imposibilidad de la mujer para ejercer un voto, con la tortura pública de culpables por juicios mayores o menores en plazas abarrotadas de sedientos de sangre, como se hizo progresivamente en Norteamérica con esa turba racista de asesinos que vestían de blanco y que imitaban la estética de los antiguos templarios cubriendo sus rostros con telas cónicas, y que se hicieron llamar en un rítmico juego de palabras, Ku Klux klan.

Todos los históricos casos de exclusión tuvieron la custodia y el aval de los estados mientras perduró el silencio, la supremacía de las fuerzas y la obediencia de los subyugados. Sucedió en la rebelión de los Bóxers contra todo olor a extranjerismo, en el Apartheid contra el color, en el cíclico antisemitismo y en la santa inquisición del amor en que el nivel la marginación llegó a la conocida y sistemática venganza sobre el fuego.

Pero la demagogia, irremediable entre la farsa gubernamental, conmutó la aprobación y el aplauso por la condena y el reprobación cuando el tiempo y la presión de la diversidad señalaron el absurdo de esas tesis de razas exclusivas que se hacían creer o se creían descendientes de linajes azules o elegidos únicos de “dios”. La moral, una vez más, y como siempre, en su visión subjetiva y minúscula del universo, debió ceder bajo la lerda ascensión de las leyes racionales que llegaron a imponer los argumentos simples de la dignidad.

En Colombia ya fue conocido el pacto burocrático entre el presidente del congreso y una iglesia cristiana que, igualada ahora en las alturas del odio católico contra cualquiera de las realidades alternas a sus libros sagrados, quiere diezmar los decretos y las leyes y obligarlas a existir bajo sus dogmas discriminatorios, como lo hizo desde siempre su empresa rival con los tentáculos del Opus Dei.

Al mando de la cínica desfachatez de Roy Barreras y bajo el yugo arbitrario del procurador, se quedará esta parroquiana realidad anclada en una ingenuidad de espanto, como lo ha estado siempre, porque ni aun esa simbólica constitución, supuesto faro del progreso, actúa en sus principios, y sigue amparando el matoneo de los homofóbicos ilustres que desde el cenit del poder siguen frenando los empujes de la tolerancia.

@juandavidochoa1

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