Por: Paloma Valencia Laserna

La distancia moral entre Estados Unidos y Colombia

No dejan de causar impresión los hechos que suceden luego de la explosión en Boston. Tres muertos. Más de 13 mutilados.

Muchos heridos. Los medios sobre la noticia. La histeria social. Un cuerpo investigativo que en un par de días tiene las imágenes de los sospechosos. Un presidente que promete que los perpetradores serán castigados con todo el peso de la ley. Lo más impresionante, es la certidumbre de que así sería; y fue.

Colombia vive hechos como estos, incluso peores, sin que afecten nuestra cotidianidad. Muchos ya habrán olvidado la bomba en Argelia (Cauca) que mató a una joven que salía del colegio, a una anciana que había ido a cobrar su subsidio de vejez, y que destruyó muchas casas. Fue hace poco más de un mes y tal vez usted mismo no la recordaba. Sucedió luego de que se descubriera la utilización por parte de las Farc de niños y jóvenes del colegio de Argelia para transportar armas y drogas. ¿Será que luego de las seis detonaciones que hubo en un día o la bomba junto a la estación de Policía, la bomba perdió interés?

Menos ocupará la cabeza de alguien lo que pasa en la zona rural de esa misma Argelia, donde las Farc causan explosiones, ubican francotiradores y mantienen constantes combates con la Fuerza Pública. Hace poco un camión fue incinerado y lograron escapar dos jóvenes que fueron a llevarles alimentos a los policías de El Mango. El operativo juvenil buscaba burlar la prohibición de las Farc, según la cual nadie puede vender, llevar o regalar alimentos a esos policías. ¿Para qué recordar el camión, si antes unos helicópteros fueron atacados por lo mismo? ¿Cómo pueden importar los dos jóvenes que están vivos, si a nadie le fastidió el asesinato de los dos comerciantes locales que se atrevieron a vender comida a los policías? ¿Y a quién pueden importarle esos dos, si ya son tantos los muertos que sólo cuentan en las estadísticas? El hambre policial no aspira siquiera a esa categoría.

Este es un solo municipio, en estos cuatro meses del 2013.

La política estadounidense le otorga gran valor a la tranquilidad de sus habitantes. Para eso trasladan a territorio extranjero las guerras que tienen o quieren luchar. Es así como para satisfacer el discurso de la prohibición de la droga, giran recursos para que países como Colombia den la guerra, pongan los muertos, sufran el enfrentamiento con las mafias. Cuando el terrorismo de Al Qaeda pretendió desestabilizar la paz de esa nación, la decisión fue trasladar la guerra al territorio árabe. Puede que en el exterior murieran más americanos de los que habrían muerto en subsecuentes ataques terroristas en los EE.UU.; pero cuando la guerra se trasladó a Irak la tranquilidad nacional no se alteró. La gente siguió su vida.

En Colombia criticamos el método gringo y vemos su inmoralidad; pero no vemos la nuestra. Los colombianos nos volvimos duros, dejamos de ver lo que nos pasa. Se les dice a las víctimas que aspirar a la justicia va en contra de la paz; se les ofrece representación política a los terroristas, y el fiscal sostiene que no hay crímenes de lesa humanidad porque no hay condenas. Tal vez estamos tan ciegos que nos parece ridículo el despliegue y el miedo en las calles de los Estados Unidos. Tal vez, la bomba de Boston nos impacte también a nosotros, y nos deje ver nuestra propia miseria.

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