Por: Lisandro Duque Naranjo

La DNE y la DNC

Al senado caucano del conservatismo José Darío Salazar, hace rato que lo persigue un cargo, no de conciencia propiamente, por haberse hecho adjudicar el “Motel Las Pirámides”, a la salida de Cali, supongo que en la carretera hacia Popayán.

 El negocio, muy lucrativo, lo obtuvo mediante artes de influencia entre los bienes que maneja la Dirección Nacional de Estupefacientes (DNE). No me interesa —aunque el asunto es tentador— hacer ninguna asociación o contraste moral entre ese establecimiento de molicie sexual y escapadas adúlteras, y el estilo indignado del senador payanés cuando en el Congreso se opone a iniciativas que, supuestamente, amenazan “la unión familiar y la institución matrimonial”. Las relacionadas, por ejemplo, con derechos nuevos como el del patrimonio de las parejas gay y temas afines. La asociación se hace sola.

A lo que quiero llegar es a algo más turbio, y es al sentido del cálculo que tiene en su trastienda el senador Salazar: cuando escogió ese motel para quedárselo en beneficio propio, aprovechándose de la mentalidad regalona del DNE (sobre todo cuando los beneficiarios son miembros de la Dirección Nacional Conservadora, DNC), me imagino que lo que lo atrajo fue que ese bien extinto había sido de un finado sin huérfanos ni viuda, con lo que se ahorraba después líos. Ese motel, en efecto, fue del famoso Élmer Pacho Herrera. Como de éste se decía que era gay —y discúlpenme la alusión, que para el caso es pertinente—, el usufructuario gratuito, un homófobo militante, no le intuía dolientes directos, al menos con derechos. Si no fue así, la casualidad es excesiva y al menos es una buena trama. No por eso, sin embargo, dejó de saltar la liebre donde no se la esperaba, a lo mejor de parte de hermanos o sobrinos, y la Corte Suprema de Justicia tiene empapelado por el asunto al senador Salazar. Hace rato ya, pero como el virtuoso dirigente conservador estuvo en la boda aquella del “quattrocento”...

Hay algo de irritante en esa maniobra, que hace de este político un caso peor que el de sus pares, pues éstos por lo menos no alcanzaron a prever en sus trampas esos riesgos de herencia. No por eso dejamos de estar ante una patota de logreros que, mientras aún existían los que amasaron fortuna a punta de masacres, le tenían puesto el ojo ya a lo que iban a dejar. Como aves de desperdicio que en las alambradas esperan a que expire un animal herido.

El caso de otro dirigente conservador es parecido, aunque ignoro si las propiedades de que se aprovechó tenían o no herederos. El senador huilense Hernán Andrade tiene la particularidad de ir por la vida sonriendo. Podría decirse que de pura alegría, si fuera persona intachable, pero como eso está en duda, habrá que pensar que es por burlarse. Cada que lo veo saliendo de un interrogatorio —siempre por una acusación distinta—, me acuerdo de lo que escribió Alberto Lleras a propósito del papa aquel que antecedió a Juan Pablo II y que duró vivo escasos 30 días en el trono de Roma: “estuvo sonriendo un mes sin saberse de qué” (Ver El Padrino III).

Una hacienda en Pitalito del narco Leonidas Vargas y un “préstamo en rama” de $250 millones, recibido de quien desfalcó a Cajanal, adornan el expediente del risueño personaje huilense. Él dice que eso es “pura carreta”, y agrega que “mi caso está en las manos de Dios”. Lo de siempre.

Ambos senadores estuvieron esta semana en la reunión que la DNC tuvo con los negociadores del Gobierno ante las Farc en La Habana. Tengo el derecho a maliciar que el motivo por el que pidieron ese encuentro, no fue otro que ir sondeando a ver qué sobras judiciales los pueden favorecer a ellos en el caso de que en Cuba se llegue a un arreglo.

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