Por: Arlene B. Tickner

Don de gentes

Pese a que en Colombia el usufructo clientelista del servicio diplomático es un vicio habitual sin distingo ideológico-partidista y que el pago indiscriminado de favores políticos y personales lleva a que no pocos incompetentes nos “representen” en el exterior, rara vez un nombramiento había generado tanto ruido como el de Carlos Calero como cónsul en San Francisco.

La indignación expresada en los medios y las redes sociales se debe a que el presentador de noticias y de entretenimiento no reúne la experiencia, la especialidad ni el conocimiento requeridos para ejercer un cargo consular, con lo cual la única explicación “razonable” de esta designación es su trabajo previo en las campañas del presidente Santos.

Como en cualquier otra profesión, sería lógico esperar que quienes actúan de interlocutores colombianos con el mundo tengan una preparación que trascienda la corta inducción ofrecida por la Cancillería a los “provisionales”, que ocupan el 80 % de los puestos de embajador y cónsul. Sin embargo, la absurda justificación ofrecida por el Ministerio de Relaciones Exteriores, sobre el nombramiento de Calero desmiente esta premisa: “La experiencia nos ha demostrado que en los cargos consulares, que requieren funcionarios con don de gentes, que se entreguen a las personas a través de un acercamiento permanente, los comunicadores cumplen una excelente labor…”.

Es decir, ¿las habilidades que exige la defensa de los derechos y los intereses de los connacionales en el exterior, así como el manejo de la migración, el turismo y los negocios internacionales que entran al país, son secundarias a la capacidad de “desenvolverse bien”?

Para los jóvenes que sueñan con ser funcionarios profesionales al servicio de Colombia, poca ilusión debe ofrecer el ingreso a una carrera diplomática y consular con alto grado de competitividad y exigencia, y a cuya cúspide se llega tan solo después de décadas de trabajo, mientras que basta ser “amigo” de la Casa de Nariño para ganar un ascenso inmediato. Aunque puede ser un extremo, el sector de la diplomacia es emblemático de un sistema social torcido donde el amiguismo y el favoritismo priman sobre la idoneidad y la vocación como criterios de reconocimiento y premiación.

Como educadora y madre no solo me duelen los cientos de aplicaciones laborales ignoradas que envían a diario los jóvenes que me rodean, sino también su convicción resignada de que, sin palanca, es probable que nunca logren nada en este país.

Tristemente, casos como el de Carlos Calero sólo confirman esa sospecha. Si bien el combate a la “doctoritis”, que tan oportunamente ha librado el alcalde de Cali, constituye un paso simbólico significativo en el desmonte del elitismo y el “ninguneo” que caracterizan a la sociedad colombiana, hasta que las nuevas generaciones no puedan disfrutar de su legítimo derecho de ser “alguien” con base en sus méritos y no ensu “don de gentes”, la reconstrucción del tejido social que exige una Colombia en vías de paz será esquiva.

Buscar columnista