Por: Reinaldo Spitaletta

Dos cadáveres y una ciudad

Eran las once de la noche. El taxi subía por la calle Moore, cuando en la mitad de la vía, dos cadáveres. Parecía que los acaban de arrojar, porque no había curiosos viéndolos.

Uno de los cuerpos parecía tener un tiro en la frente. El taxista se echó una bendición y dijo, con una mueca dolorosa y asustada: “¡Qué ciudad tan peligrosa!”. Lo único que alcancé a decirle, en medio del desconcierto, fue: “sí, es una ciudad de mierda”.

Tal vez en esta ciudad de inequidades y paradojas, nos hemos acostumbrado a la violencia; o ya se ha vuelto tan cotidiana, que nada nos turba. Y no es porque seamos admiradores de algún perturbador poema de Teresa de Ávila (“Nada te turbe / nada te espante, / todo se pasa, / Dios no se muda”), sino, más bien, porque el miedo desde las nefastas calendas del “Patrón” y compañía, nos ha dejado callos y hasta alguna desgraciada insensibilidad. Así que en esta ciudad no es extraño, como pasó hace unos días, que una madre mate a su hijo de seis años, tras sacarle los ojos, porque estaba “sacándole el diablo”.

Tampoco es raro, por ejemplo, que una banda de criminales asesine a dos pelados, porque atravesaron las “fronteras invisibles” en un sector de la comuna 13, porque en esta ciudad habitamos en el reino del terror, aunque sí les digo: tenemos bellezas de edificaciones y somos muy innovadores, así que no vayan a hablar mal de nuestro empuje y capacidad de progreso, porque, ustedes saben, lo uno no quita (ni tapa) lo otro.

Ah, y para volver a las viejas palabrejas de un general de policía, Medellín está medellinizado. No son Bogotá ni Cali ni Cartagena las medellinizadas, que ni que no fueran capaces de crear sus propios delincuentes. Oh, Medellín -cuyas “mañanas son las más bellas que han amanecido en ciudad alguna”, según alguien que en vez de elegir la “filosofía de la acción”, prefirió la poesía-, estás llena de disparos, que hasta policías y soldados temen subir a las colinas de La Sierra porque les están disparando con fusiles que atraviesan los chalecos antibalas.

A fines de 2012, la Universidad de Medellín publicó una encuesta en la que revelaba el aumento de la delincuencia en esta ciudad de extintas chimeneas y novísimas atracciones turísticas. La misma indicó que la inseguridad aumentó por factores como la pobreza, el desempleo, la polarización social, el narcomenudeo y la situación de calle de muchos niños. Nada nuevo pero sí tremendamente desasosegador. “Medellín se está convirtiendo en una ciudad donde no se respeta. Hay falta de valores, predisposición a violar la ley, y reglas mínimas de convivencia social”, señaló un investigador de la citada universidad (El Tiempo, 08-11-2012).

Y en este punto valdría la pena acordarse de las palabras de un poeta que advertía que el bienestar de una ciudad (o de una nación) no se mide por la fortuna de los más pudientes, sino por la condición de los menos afortunados. Y aquí habría que decir al alcalde y compañía, que se metan a las barriadas pobres –que son casi todas- a observar el deterioro social, y tal vez de ese modo puedan contribuir, sin demagogias, a hacer de “Medellín, un hogar para la vida”. ¡Ah!, pueden ir acompañados por los mil policías que el presidente Santos prometió para Medellín la semana pasada.

Por aquí y por allá, en el plan y las laderas, extorsionan buseros, matan conductores y despachadores, atracan, vacunan constructores, pero todo eso qué importa, si aquí pudimos presentar a Madonna y a lo mejor también traeremos a The Rolling Stones. A ellos no les da miedo venir por estos breñales, el que sí sienten a montones los de la muchachada del barrio Robledo, que no pudo ir a clases dos días de la semana última por las amenazas de bandas criminales del sector.

Medellín, igual, se ve espléndido desde el morro de El Volador. De sus miradores no se está cerca de las balaceras. Y desde esas alturas podés recordar a D.H. Lawrence que decía: “Prefiero la falta de pan a la falta de vida”. Sin embargo, aquí a muchos les falta el pan y sus vidas peligran. Qué vaina.

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