Por: Lorenzo Madrigal

Dos discursos

Uno podría pensar que aquello iba a ser un intercambio cordial de saludos, al margen del apacible lago Hurdal, en las afueras de Oslo.

La frialdad de los azules, la tersura rubia y blanca y nórdica de las auxiliares del foro, a instantes de inaugurarse, configuraban un marco extraño, pero apropiado, para un encuentro de paz.

Y llegaron los gladiadores, un equipo y el otro, algo así como cuando salen a la gramilla los contendores del fútbol. Algunos pasados de kilos, lo que descartaba de entrada la imagen del balompié.

Habló primero el Gobierno, bueno, su delegado, Humberto de la Calle, diserto, de gesticulación expresiva y moderado en esta primera salida. Sergio Jaramillo, el comisionado, tal y como lo describen, despreocupado, alto, de pantalones al tobillo; mi general Mora Rangel, menos áspero sin el uniforme y rejuvenecido, abundante el cabello plateado.

Y llega el turno de Iván Márquez, con “s” lo pusieron en la escarapela: casi marqués. Y se desata la andanada de recriminaciones en contra del régimen, del actual Gobierno y de los empresarios, señalándolos con nombre propio. Nada de lo cual estaba previsto en los diálogos exploratorios, sino el trato respetuoso y digno. El país, que castiga a la guerrilla con pésimas notas de aceptación, debió estremecerse. Pienso que si se trataba de una arenga, aprovechando la pantalla nacional e internacional, al menos dentro del país, la reacción no los favoreció.

En la siguiente salida y dispuesto a responder a los periodistas, De la Calle se erizó; declaró incumplidos los pactos previos de La Habana y exclamó que el Gobierno no sería rehén del proceso, sin considerarlo aún fallido. La figura del exvicepresidente emergió de repente con una tal fuerza que parecía catapultarse a otros escenarios. Habíamos manoseado demasiado a este político y analista, sin darnos cuenta de que por dentro rugía un leopardo.

Santrich, a quien no enceguece la ira, le pidió a su turno, al delegado oficial, que se calmara, pues “apenas estamos empezando”. Vaya, ¿Qué queda por decir en este furibundo y novedoso acuerdo de paz?

Imagino algo que no sé si ocurrió: los hermanos Santos, en el palacio de Nariño, frente a la pantalla del televisor. Pacho Santos, el primo, vapuleado como “filibustero” del Llano, entre otras bellezas. Algunos empresarios denominados por su nombre equivocado, lo que demuestra ligereza en las denuncias. ¿Qué se dirían Juan Manuel y Enrique? —Mi programa estrella, la titulación, ¿una trampa? —exclamaría el presidente. Muy molesto salió a aclararles a sus enfrentados que eran ellos quienes se sentían despojados de sus banderas de tierras. Todo un debate ya público y con la gente opinando. Si este es el camino de la paz, quedamos estupefactos. Pero, según analistas, así son los acuerdos de paz y, desde luego, así son los que fracasan.

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