Por: Armando Montenegro

Dos mujeres del ayer

El lunes pasado murieron dos destacadas europeas, mayores de 85 años, que tuvieron un impacto considerable sobre millones de personas.

El contraste entre sus vidas y sus luchas dice mucho de los tiempos cambiantes que hemos vivido en las últimas décadas.

Hija de un agricultor de La Mancha, analfabeta hasta los 22 años, Sarita Montiel obtuvo un gran éxito en el cine de los años cincuenta y sesenta. Fue un símbolo sexual cuando el sexo aún era el tabú en la reprimida época de Franco y en las cerradas sociedades latinoamericanas. Sus escotes atrevidos, los escándalos de su vida privada y las letras de sus canciones (“Dame el humo de tu boca, Anda que así me vuelvo loca, Corre que quiero enloquecer de pasión”) llevaron a muchos al confesionario, cuando allí todavía se describían los malos pensamientos y quizás no mucho más. Sarita tuvo que retirarse con el destape, cuando el arte y el verdadero desnudo llegaron al cine español (como el de Almodóvar y el de Bigas Luna, también muerto en este abril) y los pecados que apenas se sugerían en la pantalla dejaron de estar de moda.

Margaret Thatcher entró a la escena cuando la Montiel, con la llegada de la democracia a su país, comenzó a pasar al segundo plano. La hija aventajada de un tendero hizo todo bien en la escuela, la universidad y la política. Aunque siempre negó que le debiera algo a la liberación femenina, ella sigue siendo el modelo para miles de mujeres en todo el planeta. Con su recia personalidad y la fuerza de sus convicciones dominó el mundo de los hombres. En ese terreno no alcanzó nada con su encanto personal y menos con sus atractivos físicos (sus escotes fueron menos atrevidos que los de la madre Teresa). El único compañero de su vida, hasta donde se sabe, fue Dennis, su esposo.

Sarita llevó a su cama a Hemingway, Miguel Miura, James Dean y decenas de empresarios y personajes del cine (su cercanía con algunos intelectuales nos recuerda a Marilyn Monroe). La Thatcher obtuvo todas sus victorias frente a los hombres con las armas tradicionales de los hombres. Inspiró temor, reverencia y respeto. Ronald Reagan decía de ella que era “el mejor hombre de Inglaterra”.

Si Sarita Montiel llegó al límite sexual tolerable antes de la revolución sexual, la Thatcher, con la imagen de una monja recién salida de la peluquería, lideró la rebeldía conservadora contra lo que consideraba los excesos del laborismo, el sindicalismo y las revueltas de los jóvenes de pelo largo que oían rock y fumaban marihuana.

En su vejez Sarita hizo gala de una ostentosa y triste vulgaridad, mientras que la Thatcher, con la imagen de una dama ultrarrecatada, poco a poco se perdió en los laberintos del alzhéimer, tal como la retrató magistralmente Meryl Streep.

Montiel salió de la escena porque se quedó atrás de un mundo que, para su pesar, se modernizó y liberalizó demasiado rápido. A la Thatcher, en cambio, la retiraron sus excesos conservadores en una sociedad que, si bien aceptó a regañadientes muchas de sus reformas, quería respirar y tener otras opciones. El mayor legado de la Thatcher fue la desteñida figura del laborista Tony Blair, el perrito faldero de Bush, invasor de Irak.

Al cerrar esta columna, siento que prefiero sonreír escuchando Fumando espero, que releer el durísimo ladrillo autobiográfico de la Dama de Hierro. Mejor, definitivamente, Sarita Montiel.

 

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