Por: Pascual Gaviria

Drama místico

Mucho antes de entrar en olor de santidad, la Madre Laura Montoya fue protagonista de un escándalo novelesco en Medellín.

El matrimonio, la vocación religiosa, la educación de las niñas de bien y el fanatismo agitaron el pequeño barco de la villa. En el medio de la tempestad de rumores, arengas y cartas estaban los novios en vísperas, Eva Castro y Rafael Pérez, y la Madre Laura Montoya, madrina de la futura boda y maestra preferida de la novia: una joven pálida y delicada de ánimo, voluntariosa y retraída, perfecta para llamar a la muerte en un poema romántico.

Eva Castro desdeñaba los bailes y otros eventos de sociedad, su pretendiente no tenía muchas posibilidades distintas del secreto al oído privilegiado de la preceptora. Incluso el Sí definitivo debía entregarse por interpuesta persona. Luego de un paseo a Robledo donde Rafael “le precisó a Eva sus aspiraciones”, ella dijo que sólo durante la siguiente semana le daría respuesta. La Madre Laura fue encargada de darle la buena nueva al ansioso joven: “Señorita, si Rafael viene a pedirle una respuesta mía, dígale que sí”, le dijo Eva a su guardiana de fe. No digamos que todo estaba consumado, pero estaba cerca. Se fijó la fecha, se bendijeron las argollas y de pronto, días antes de la ceremonia, la joven anunció el deseo de “retirar su palabra”. Su resolución tenía visos de arrebato místico: “antes de consumar su sacrificio —así llamaba su enlace— creía tener el valor suficiente para ver muertos a todos aquellos a quienes amaba”. Las primeras acusaciones contra la Madre Laura llegaron de la familia Castro. La maestra abnegada era ahora una fanática que torcía el ánimo de las jóvenes con la unción de saliva venenosa, sermones contra el matrimonio, promesas místicas y otras hierbas de convento. Los murmullos crecieron al paso de la monja y muy pronto eran gritos y burlas de los emboladores. Las familias comenzaron a sacar sus niñas del Colegio de la Inmaculada —que dirigía la Madre Laura— antes de que se quedaran mirando al páramo y despreciaran los halagos de sus pretendientes. Los periódicos de izquierda la pusieron en su hoguera y la Madre procedió según sus saberes: calentó un cuchillo al rojo vivo y se grabo con él una cruz en el pecho. Una defensa íntima contra sus enemigos y una confirmación de las locuras extáticas rondaban su cabeza.

Todo habría quedado en el revuelo pasajero de un pueblo que por pugnas ideológicas y gusto por las habladurías terminaba graduando de bruja a una de sus maestras de confianza. Pero el escritor Alfonso Castro, hermano de Eva, decidió publicar una novela para ventilar su versión de la historia. En 1903 circuló Hija espiritual. Estaba muy claro que la señorita Adela, la desbaratadora de matrimonios, no era otra que la Madre Laura Montoya. En principio sus superiores le pidieron silencio, era cuestión de dominar el orgullo. Pero cuando la espuma y la bilis estaban cerca del atrio de la Catedral la instaron a defenderse.  La Madre Laura escribió entonces una larguísima carta abierta al doctor Alfonso Castro. Tomás Carrasquilla sirvió de escribano, editor y mentor dialéctico. Tanto que la carta figura en sus obras completas aunque al final tenga la firma de la recién santificada.

Las cerca de veinte páginas están llenas de inteligencia y preguntas sobre la educación de las mujeres y el difícil tránsito de las solteras en una sociedad que era a su vez una fábrica de esposas obedientes. En últimas la monja reivindica el derecho a encerrarse sin quebrantar ninguna ley social ni natural “¿No es cierto que representamos nuestro papel de bestias chasqueadas e inútiles con demasiada mansedumbre?”. Terminé por darle toda la razón.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Pascual Gaviria