Por: Luis Carlos Reyes

Economía narrativa

Si uno se fuera a imaginar el cónclave neoliberal más peligroso del mundo, probablemente se lo imaginaría en Chicago, con el patrocinio de la universidad que lleva el nombre de la ciudad y de otras del mismo corte. A los académicos y Chicago boys se les sumarían burócratas del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, banqueros centrales de todos los continentes y acólitos de todos los países. Por pura incapacidad neoliberal de los organizadores de gozar de la vida, o quizá para no llamar la atención del castrochavismo vigilante, la cumbre tendría que darse durante un invierno capaz de ahuyentar paladines tropicales, y llevarse a cabo a susurros entre economistas engabardinados.

Desde el salón de conferencias subterráneo, empezarían ese día de enero los rituales anuales: tomar un juramento de lealtad al libre mercado con la mano derecha (obviamente no la izquierda) sobre el manuscrito original del Consenso de Washington, revocarles la membresía del club a quienes en el transcurso del año se hubieran atrevido a pensar que las relaciones humanas van más allá de un análisis de costo-beneficio, advertir sobre el peligro que representan el arte, las humanidades y todas las actividades que no contribuyen mucho al PIB, y organizar una quema de libros de poesía.

La reunión anual de la Asociación Económica Estadounidense es más o menos así, con una diferencia importante: hace mucho que ese credo neoliberal y antihumanista no existe, si es que alguna vez existió.

Lo dejó claro en su discurso el actual presidente de la asociación, Robert Shiller, quien resaltó la importancia de lo que llamó la “economía narrativa”. Según Shiller, ciertos eventos recientes como la elección de Trump y el Brexit han dejado en claro la importancia de las narrativas en la política y en la economía. Ante esto, animó a los presentes a buscar colaboraciones interdisciplinarias con historiadores, antropólogos, psicólogos y críticos literarios.

Sería fácil, afirmaba, utilizar las muy sonadas herramientas de big data para para ver qué frases en las noticias, en las redes o hasta en los diarios de la gente se ven más asociadas con tal o cual acontecimiento económico. Pero ese simplismo descontextualizaría las narrativas y llevaría a conclusiones espurias. Mucho mejor trabajar con críticos literarios – Shiller parece favorecer a los estructuralistas, lo cual impacientará a algunos –para poder entender qué es lo que hace que algunas historias “calen” y otras no. ¿Qué hace que un meme se vuelva viral, o que una campaña de desinformación sea más exitosa que una de información objetiva? No lo sabemos.

Una narrativa falsa y que se niega a morir es aquella de que los economistas académicos están cerrados a aprender de otras disciplinas. Todavía se venden libros y se publican artículos diciendo cosas como que la economía comportamental, que incorpora elementos de la psicología al análisis económico, es “heterodoxa”, cuando en realidad no hay facultad de economía que esté al día y que la rechace (ejemplo: uno de sus principales expositores es el director del departamento de economía de la Universidad de Chicago). No sé cómo contrarrestar esta idea, excepto asegurándoles a los académicos en otras disciplinas que no es cierto y que lo que hay son posibilidades de trabajo conjunto.

 

Luis Carlos Reyes, Ph.D., Profesor del Departamento de Economía, Universidad Javeriana

Twitter: @luiscrh

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