El concepto de raza

CADA AÑO, EL DÍA DE LA RAZA, CONmemoración del avistamiento de tierra por los conquistadores en 1492 y, por tanto, del vínculo entre España e Hispanoamérica, tiene más opositores que aliados.

Finalmente, la gran lucha de los indígenas ha sido la de deshacerse de la ‘raza’ para reivindicar la ‘etnicidad’ y la gran tragedia de las comunidades negras se debe precisamente a la permanencia del concepto. ¿Qué mejor día, entonces, para protestar por la larga historia de atropellos que aquel en el que se recuerda la llegada de la discriminación por color de la piel en el continente? No en vano se movilizaron ayer 20 mil indígenas desde la Universidad Nacional hasta la Plaza de Bolívar en reclamo de sus derechos. Sin embargo, una cosa es rechazar ciertos desenlaces históricos, obligar su memoria y pedir justicia, y otra muy diferente es desterrar, como varios pretenden, el concepto de raza de todo valor explicativo.

La raza hispánica existe, no como característica genética capaz de determinar comportamientos, pero sí como la construcción social de nuestra identidad cultural. Con todo y los brutales derramamientos de sangre, la civilización española se impuso y todavía hoy se puede seguir hablando de manera razonable de “una estirpe, un idioma y un dios”. Si bien no somos descendientes de españoles, todos sí hablamos español y, católicos o no, estamos permeados por sus normas, sus rituales y sus valores. Negar que seamos hispanoamericanos es negar que haya estructuras que, como éstas, inevitablemente nos definan. Desconocimiento que nos haría perder de vista no sólo las estructuras subyacentes al Estado y al mercado, sino también los matices menores que, dentro del idioma y la religión, se han configurado en las regiones, y los cuales, dado su peso y complejidad, también pueden ser abordados con el mismo concepto.

Al ex presidente Uribe se le debe la reapertura del debate sobre las razas en Colombia, aunque lastimosamente no por su respeto al artículo séptimo de la Constitución, en el cual se “reconoce y protege la diversidad étnica y cultural de la Nación colombiana”, sino por su defensa a ultranza de la superioridad de la raza antioqueña y sus valores. Esos que subyacían a su insistencia de “trabajar, trabajar, trabajar”, a la postergación del “gustico” y a sus rezos públicos a la “virgencita”. El “empuje”, la frugalidad y la religiosidad de los paisas hacen parte del imaginario colectivo y de la determinación de la idiosincrasia de la región, como el brío santandereano, la hidalguía bogotana o el ánimo festivo de la costa. Todas, expresiones de formas particulares de identidad dentro de la gran herencia hispánica que permiten dar cuenta de valoraciones y comportamientos compartidos.

Así las cosas, si bien las generalizaciones han caído en desgracia como bien lo recuerda Mauricio García Villegas en su pasada columna, la forma de dar cuenta de los fenómenos sociales, incluidos los culturales, es a partir de conceptos como el de la raza, que con su historia han recogido configuraciones de identidad cultural que permiten pensar y entender lo que somos. De esta manera, aunque haya conceptos con significados caídos en la obsolescencia, no por ello pierden su valor interpretativo y mucho menos deben ser eliminados por la carga difícil de su historia. Que sea esta entonces una oportunidad para celebrar la raza y todas aquellas ideas que nos han ayudado a pensar nuestros rasgos comunes y aprovechar la ocasión para retomar las investigaciones y discusiones tanto del legado hispánico como aquel de las regiones.