Egipto y sus consecuencias

LA SUERTE DEL PRESIDENTE EGIPcio, Hosni Mubarak, parece estar echada luego de treinta años de un férreo gobierno y contando con el total apoyo de Estados Unidos, Israel y los gobiernos europeos.

Las especulaciones apuntan ahora no sólo hacia las posibles repercusiones para un país emblemático en el mundo árabe, sino en una región, el Medio Oriente, vital para la paz y la estabilidad internacionales.

Egipto sigue así la revuelta popular que en Túnez obligó a huir del país al autócrata Ben Alí. Los motivos y la puesta en escena parecen calcados. Miles de jóvenes desempleados se echan a las calles exigiendo el fin de gobiernos dictatoriales y corruptos que se han eternizado en el poder con fachadas democráticas, reclamando mejoras económicas y laborales. En ambos casos los presidentes han reprimido las protestas con violencia, dejando un alto número de muertos, sin que aparezca el fantasma de que el fundamentalismo islámico esté detrás de las movilizaciones. Con este complejo panorama en ciernes las protestas se ha expandido a Yemen, en la Península Arábiga, así como a Jordania y Siria. El temor de que se presente un “efecto dominó”, que llegue no sólo al Magreb, Argelia, Marruecos o Libia, sino hasta otros estados árabes, como Arabia Saudita o los Emiratos, ya no es una mera especulación.

Las opciones para Egipto, con cerca de noventa millones de personas, el ejército más poderoso y el mayor receptor de ayuda por parte de Estados Unidos dentro del mundo árabe, podrían ser las siguientes: un golpe de estado por parte de las fuerzas armadas que mantenga una especie de statu quo; la creación de un gobierno de transición o unidad nacional, encabezado por el premio Nobel de Paz, Mohamed El Baradei, cabeza visible de la oposición, o un eventual gobierno de transición liderado por los Hermanos Musulmanes. De estos tres, es el segundo el que se percibe con mayores posibilidades, dado el carácter de las protestas, que buscan una plena democracia. En este caso específico El Baradei debería convocar a elecciones libres y abiertas en un plazo prudencial, pudiéndose presentar él mismo como candidato, pero teniendo en cuenta que el movimiento político de los Hermanos Musulmanes, con una visión religiosa pero moderada, tienen una gran organización y en el pasado reciente han demostrado su fuerza electoral. El gobierno norteamericano parece abierto a una transición inmediata.

Estratégicamente, el tipo de gobierno y la continuidad que le dé, o no, a la cercanía de Egipto con los países occidentales, en especial en cuanto a la actuación como muro de contención contra Al Qaeda, o su firme oposición a movimientos fundamentalistas como Hamas —en la Franja de Gaza— o Hezbollá —en Líbano— mercarían de manera definitiva la conformación del nuevo tablero de ajedrez en la región. Por todo lo anterior, uno de los países más preocupados es Israel, que ha mantenido una relación especial con Egipto desde Camp David, en 1979. Si en el mediano plazo la región terminara escorando peligrosamente hacia regímenes fundamentalistas, cosa que de momento no se ve posible, la seguridad de Israel se vería seriamente comprometida y el esfuerzo de Washington hacia su aliado estratégico se redoblaría. No se debe olvidar, adicionalmente, que el otro gobierno regional que había jugado un papel moderado y alineado con Occidente, Turquía, varió sustancialmente su política internacional hace poco, lo que contribuye a aumentar las dudas sobre el futuro devenir del área.

Con estos elementos de juicio en la mano, por ahora son muchas más las inquietudes y preguntas que las certezas sobre el futuro desarrollo de los acontecimientos y la manera que los mismos vayan a impactar en el corto o mediano plazo al mundo. Las reservas de petróleo y el poder económico de varios de los estados del Medio Oriente así lo demuestran. Lo cierto es que se está produciendo un movimiento que algunos asimilan, no sin razón, a la caída del Muro de Berlín.

 

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