Regalías y ciencia, tecnología e innovación

Una de las leyes más celebradas al comienzo del gobierno de Juan Manuel Santos fue la de regalías.

Alguna discusión se presentó en el Congreso por la repartición regional de los recursos —la distribución equitativa de la ‘mermelada sobre la tostada’ de que hablaba el ministro de Hacienda—, asunto que de nuevo ahora, con la demora para la conciliación de las versiones aprobadas en Cámara y Senado, vuelve a ser motivo de discrepancias.

No sucedió igual con otro aspecto central de esta ley: la que obliga a destinar el 10% de los recursos de las regalías totales a la inversión en ciencia, tecnología e investigación. Siendo estas materias tradicionalmente olvidadas a la hora de definir las prioridades en el presupuesto nacional, hubo consenso en la gran noticia que significaba esta inyección de aproximadamente un 0,5% del PIB nacional a investigación y desarrollo. Tanto más cuando la Ley contemplaba un importante componente de beneficio para las regiones.

Con todo, como lo mostró una serie periodística publicada por este diario la semana pasada, el procedimiento para repartir esos cerca de 900 mil millones tiene enfrentados, no solamente a los científicos entre sí, sino también a la comunidad científica con el sector político. Poner de acuerdo a tres actores que no son muy dados a la coordinación —científicos, empresarios y gobernantes— requiere cambios en la manera de pensar que no parecen estar sucediendo.

El elemento regional, loable en el papel, resulta difícil de alinear con una visión de largo plazo en investigación y desarrollo. Políticos e incluso científicos locales defienden el destino regional de las regalías e insisten en que a ellas deben ir prioritariamente los recursos. De alguna manera esa era la filosofía de la Ley. Pero la tentación de la politiquería con estos recursos ha comenzado a operar. Es así como algunos gobernantes locales, que comenzaron período este año, han comenzado a desconocer los proyectos aprobados por sus antecesores y a querer manipular la asignación de recursos hacia otros disfrazados de CyT.

Y mientras eso sucede en las regiones, los científicos más preparados, que estaban acostumbrados a ganarse las convocatorias por su mayor experiencia, idoneidad y excelencia, se sienten marginados en este nuevo esquema. Para ellos, el elemento regional es un artificio y quien debería ganar las convocatorias es sencillamente quien presente el mejor proyecto. Por lo general, claro, los mejores vienen de las grandes ciudades capitales y las universidades más prestigiosas. Y para ellos, no sin razón, el hecho de que la aplicación de las soluciones científicas se dé en las regiones no quiere decir que sea allí donde se deba hacer la investigación.

Frente a este dilema, la propuesta de Colciencias parecería lógica: promover el trabajo en redes para que los grupos de excelencia en las capitales y las grandes universidades se alíen con sus pares en las regiones, Investiguen conjuntamente los temas prioritarios para el país, formen a sus colegas y vayan fortaleciendo los grupos regionales. Aunque, de nuevo, el papel todo lo puede y hacer realidad tal coordinación tomará tiempo y mucha voluntad.

El hecho cierto es que para la repartición de los recursos este primer año se han cometido muchos errores de improvisación en la manera como se han manejado las convocatorias. Los buenos deseos no necesariamente se aplican adecuadamente, y menos si no se tiene en cuenta al actor principal. Ojalá la experiencia sirva para consensuar con la comunidad científica la manera como el país se beneficiará de la ciencia, la tecnología y la innovación, partiendo de la base de que ellas no entregan resultados de la noche a la mañana.