Pidiendo la palabra

En agosto del año pasado se reunieron en Medellín un grupo de políticos que quisieron tomar la palabra y levantar una voz distinta a la que la polarización del país nos tiene acostumbrados. Y sonaba bien. Nada mejor que tener una alternativa seria en una Colombia con ciudadanos que asumen, como guerra propia, una de dos posiciones.

Una democracia no se puede prestar para eso, ya que está diseñada para darles cabida a posiciones distintas, diversas, donde la palabra no la tenga uno solo, sino varios. Donde razonablemente se discutan los asuntos que interesan a toda una nación.

A estas alturas, la polarización sigue vigente gracias a la actitud de dos hombres: el expresidente Álvaro Uribe Vélez y su sucesor Juan Manuel Santos. Puede que lo tengan o no en mente, pero cuando el uno critica de forma tan punzante las gestiones de gobierno del otro, lleva a que las preguntas de lo público se planteen a manera de dicotomías: ¿Proceso de paz o guerra contra el terrorismo? ¿Reelección de las mismas políticas o retorno a las anteriores?

Por eso nos pareció positivo que en su momento se reunieran una serie de personajes que querían ponerle freno a esto desarrollando una fuerza política distinta. Cecilia López, Iván Marulanda, Antanas Mockus, Carlos Vicente de Roux, eran los nombres. No se trataba simplemente de crear un movimiento social, sino de apelar a la política decente, integrando los reales —y a veces invisibles o incluso inconscientes— intereses de la ciudadanía.

Parece que no era una promesa más echada al aire, sino una opción real: Antonio Navarro Wolff habló con este diario en una entrevista publicada el día de ayer. Van en serio y quieren pegar duro para las elecciones del año que viene. Se han consolidado como un grupo de fuerzas de izquierda y centro, intelectuales y académicos, para participar activamente en el Senado, en la Cámara de Representantes y en la Presidencia. Aún queda por discutir mucho y es mejor que esto se haga con calma. Navarro confesó que aún no saben si formar un partido único o una reunión de distintos movimientos que gocen de independencia en sus posiciones.

La experiencia del Polo Democrático, como sumatoria de fuerzas de izquierda es un ejemplo perfecto para aprender de esta experiencia que están a punto de abordar. Porque si bien el Polo lucía muy fuerte y unido en un principio (además, le fue muy bien en las urnas, quedándose con útiles escaños en el Congreso y dos alcaldías de Bogotá en línea), pronto todas las personas pudieron ver sus fisuras. Sus posiciones liberales, de centro, de izquierda, o a veces indefinibles. Sus hombres y mujeres muchas veces peleándose entre ellos en posiciones irreconciliables. Un pecado del Polo ha sido ese: que en sus discusiones internas se desvanece la opción de izquierda que tiene este país. Lo cual es grave. “La diversidad bien manejada es un activo”, dice Navarro, y tiene razón.

Es por eso que a esta unión de fuerzas hay que meterle cabeza fría antes que ganas electorales. Porque si se trata, como dicen, de un movimiento que apela a la política decente, la gestión, los ideales, el orden de las cosas, la confección de principios inquebrantables, todo, debe estar por encima de lo que pueda pasar en las urnas.

Enhorabuena que se piense en una alternativa. Pero si no se aprende de las experiencias del pasado, puede que terminemos frente a lo mismo de siempre. Ojalá (aunque no parece, no sobra decirlo) no estemos ante un caso de estos.