Mala lectura

En este país se lee poco. Y de lo poco que un joven alcanza a coger entre sus manos para echarle una mirada, entiende solamente una mínima parte.

Nos lo han dicho todos los estudios de todas las fuentes posibles. Las internacionales de Pisa y las nacionales de Saber 11 y Saber Pro han levantado la alerta en diversas situaciones, asegurando, eso sí, que el nivel ha mejorado. ¿Qué pasa en Colombia que los niños no pueden comprender de manera correcta un texto? ¿Cuál es la falla en la educación básica? ¿El énfasis en la memoria, en la disciplina, en la entrega de resultados y no de aprendizajes? ¿Qué estamos haciendo mal? Ya va siendo hora de que se cambien los paradigmas a la hora de enseñar porque los resultados, verdaderamente, dan lástima.

La última noticia que nos llegó sobre el tema viene del estudio internacional de competencia lectora, Pirls, realizado en 2011, que nos sitúa en de los 10 últimos lugares dentro de 49 países. Colombia está por debajo de la media, situándose al lado de naciones con problemas económicos —y de conflicto— que acaso son mayores. Todo da para pensar que no estamos tan bien y que las alarmas deben prenderse, porque un buen lector no sólo es útil en la escuela, sino que forma a un ciudadano con una visión del mundo mucho más amplia, analítica y ecuánime. Así como a dirigentes, empresarios, académicos, si nos ponemos a hablar más en serio. Saber leer bien no es cosa de niños.

Hay dos noticias que pueden analizarse más a fondo. En primera medida, la mejoría, que debe ser vista con lupa y no como una cifra aislada, ya que se trata de una muestra representativa. El optimismo no es posible a esta altura. Los jóvenes de este país presentaron un alza, en diez años, de 26 puntos dentro del sondeo. Los programas del gobierno —de los gobiernos, porque vienen de tiempo atrás— para que los libros estén en el centro de la vida de un joven han sido provechosos. Usar estas políticas, para reforzarlas mucho más, puede ser el primer paso. Siempre es bienvenida, por parte de la ciudadanía, una política pública que incentive el nivel de lectura.

Sin embargo, ahí no está todo el problema y es donde, justamente, surge el segundo punto: como bien lo dice el informe, los encuestados presentaron un puntaje mayor en la comprensión de textos literarios (453 puntos) que en informativos (440 puntos). Y en los primeros reside el esfuerzo, hasta donde sabemos. Así que las preguntas deben ir dirigidas, sí, a los encargados de fomentar la cultura, pero también a quienes realizan los programas de educación y los revisan. Hacer las encuestas correctas, medir el aprendizaje de otra forma, conocer los resultados de fuentes diversas, entre otras.

A pesar de que esto suene a un llamado al Estado (que lo es, el Gobierno debe ponerse las pilas), el acto de la lectura y de la comprensión de la misma viene no sólo de los esfuerzos de un ente superior, sino también de la privacidad de la familia. Para nadie es un secreto que el hábito de la buena lectura viene desde casa. Así que estos estudios, que tan inadvertidos pasan por las personas de este país, deberían calar más profundo en la conciencia de todos los ciudadanos.

Una actitud a dos bandas, entre familia y Estado, es lo mínimo que se puede esperar. Así podríamos no solamente presentar mejorías leves en los estudios internacionales, que es lo de menos, sino formar ciudadanos con una capacidad mucho mejor y más nutrida para aprehender el mundo.

 

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