Dilema educativo

El Banco Mundial, en conjunto con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), acaba de publicar un estudio titulado “Evaluaciones de políticas nacionales de educación: la educación superior en Colombia”.

En él se hacen una serie de recomendaciones a los gobernantes del país para que se incluya un grado más en la educación media vocacional en Colombia, el que se conoce como grado 12.

El argumento es sencillo: los estudiantes salen del colegio a una edad muy temprana (16 años en la mayoría de los casos) y eso redunda en que la deserción en los pregrados universitarios sea muy alta. Porque los recién graduados no saben muy bien qué es lo que quieren hacer con su vida académica. Y eso les cuesta a ellos, a la sociedad, a las universidades, en fin, a todos.

La ministra de Educación, María Fernanda Campo, está de acuerdo con este diagnóstico. Por eso ha dicho que el sistema educativo colombiano necesita un grado más de escolaridad. Para llevar esto a cabo, se estudia implementar una de tres alternativas: o un grado más en la primaria o en la media vocacional, o anticipar el inicio del período escolar por el mismo tiempo. Toda la evaluación se hace desde tres frentes: la infraestructura, el aprendizaje y el impacto financiero.

Están las críticas, por supuesto, que son bastante válidas: ¿Para qué un grado 12, cuando la educación está tan mal? ¿Para qué alargar eso? ¿Qué pasa con los alumnos que quieren salir a trabajar y no a estudiar? ¿Dónde van a poner a los alumnos cuando se implemente la medida? ¿En qué plantas? ¿Con qué infraestructura? ¿Con qué dinero?

Pero más allá de una cifra, lo que necesitan los estudiantes de este país es una reforma en la concepción de la educación misma. El grado 12 debe evaluarse, por supuesto, desde una perspectiva enteramente pedagógica. Ese es el primer análisis. Ya lo habíamos dicho en este mismo espacio hace una semana: todos los estudios de todas las fuentes posibles sitúan a este país en un lugar muy bajo dentro de la tabla de los que mejor leen textos informativos o de literatura. Es un problema endémico el de la educación. No se resuelve con una cifra. Está más en las concepciones y en los enfoques que en tener o no un grado más dentro de los obligatorios del bachillerato.

Eduardo Escallón, director del Centro de Español de la Universidad de los Andes, le dijo a este diario que la educación debería concentrarse más en entregarles a los estudiantes una mejor formación para enfrentarlos a la vida académica y universitaria. Para Escallón, la gran reforma no debería ser un listado de contenidos y conocimientos (menos de cursos), sino un enfoque de competencias, habilidades y aptitudes, tales como el razonamiento matemático, la lectura y la escritura. A veces, reedificar desde lo básico resulta ser más provechoso que las alternativas de vanguardia.

Antes de aplicar al pie de la letra las recomendaciones del Banco Mundial, entonces, el Ministerio de Educación debería hacer una evaluación propia de lo que necesitan los jóvenes en materia de educación, fijándose en las falencias. Es obvio que la corta edad (comparada con otros países) es un índice que debe tenerse en cuenta. Lo mismo la deserción universitaria. Pero asignar un curso más, obviando el evidente hecho de que la enseñanza está fallando en varios puntos, no tendría mayor efecto práctico.

En este terreno se necesitan cambios mucho más profundos y menos coyunturales que la simple adición de un curso. Si éste se necesita, después de haber analizado las cosas con cabeza fría, y tratando de solucionar los males endémicos, pues bienvenido. De resto suena como un tiro hecho al aire.