Lo que dice el paro cafetero

Están los datos y las versiones. Los datos son duros. El año pasado el precio del café cayó un 30% en la Bolsa de Nueva York y la carga, que se vendía a $900.000, se fue de bruces y terminó costando $500.000.

Haciendo cuentas gruesas, el sector cafetero ha enfrentado una crisis desde el año 2008, agudizada este año en gran parte por cuenta de los inviernos, pero sobre todo por la tasa de cambio. Mientras esa realidad macroeconómica no se transforme, las cosas seguirán por el mismo camino. El debate de fondo, realmente, está ahí.

Más datos. El Gobierno da un subsidio: $60.000 por 125 kilos cosechados. Si éste se mantiene hasta diciembre, el Estado estaría aportando 400.000 millones de pesos. Sin embargo, el costo de la carga (el que ponen los productores) sigue estando muy por encima del costo en el mercado. Dicho en cristiano, están trabajando a pérdida. Lo que implica que esa industria que en el pasado ayudó a construir carreteras, acueductos y electrificación rural, y que en el presente sigue siendo la marca colombiana más acreditada en el mundo, está en las ruinas.

Ahora las versiones. Los caficultores sienten que el Gobierno los ha abandonado, que los esfuerzos económicos no han sido suficientes, piden un precio de sustentación más amable y consecuente con la quiebra de la que son sujetos, y que la industria cafetera ha sido a la que más le han puesto impuestos durante toda la vida. El Gobierno piensa distinto: que les da muchos subsidios, que son los consentidos del agro, que sí se ha metido la mano al bolsillo para ese sector, que el precio fijo para la carga del café es un imposible fiscal. ¿De dónde se va a sacar tanto dinero?, se pregunta el Gobierno.

Los caficultores decidieron abandonar sus predios y sus costales para protestar por lo que es justo. Ellos creen en su causa y le exigen al Gobierno, paralizan las vías, por un cometido que ellos creen bastante justo. Éste responde diciendo que el paro es injusto, que no se puede acudir a las vías de hecho, que lo que están haciendo está mal. Vienen luego los otros factores: líderes políticos (de izquierda y de derecha, identificados solo aquí) azuzan a los marchantes para que se mantengan firmes. Los caficultores, además, se sienten separados de la Federación Nacional de Cafeteros, que debería representarlos. Todo parece que indicar que los conductos institucionales han sido abandonados por el momento. O no sirven. O están desgastados.

Es grave la situación del café en estos momentos. El problema más grande, insistimos, es por factores macroeconómicos de los que el Gobierno debería ocuparse sin chistar. Porque el punto de Juan Manuel Santos y su ministro de Hacienda, de que no hay tanto dinero para darles a los cafeteros, viene también como el anticipo de una catástrofe: si le dan a ellos el subsidio, ahí mismo saltarían los otros sectores agrícolas a pedir lo mismo. Un país que vive del agro, en condiciones de este estilo, sería inmanejable.

Lo que se puede pedir en estos momentos es más mesura. Que se atienda a las recomendaciones de la Comisión para el Estudio de la Política y la Institucionalidad Cafetera, que tendrá que trabajar a todo vapor para dar soluciones inmediatas que se acoplen a la realidad social devastadora que vive por estos días la industria del café. Pero meterle más pólvora a esto, diciendo que las Farc están metidas en esto (que puede que sí, pero de manera bastante incipiente, los protestantes son campesinos de a pie, según lo que sabemos), o que se continúe con el paro, como pretenden algunos líderes políticos en previo año electoral (y esto es importante), nos parece que es persistir en el error de la confrontación. Hay que sentarse, hablar, conciliar, llegar a un arreglo. Todo, mejor, antes de que se salga de control.