Colombia y la crisis de las especies amenazadas

Culminó en Bangkok la reunión de las partes de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres, Cites, que contó con una activa participación de Colombia. En largas sesiones, miles de científicos y juristas, vigilados, y frecuentemente criticados por las ONG, deciden sobre las especies para las que el comercio internacional es causa directa de riesgo de extinción.

Desalentador balance, cuando continúa creciendo la lista de especies que dejan de existir en este planeta. Impensable, pero posible, un mundo sin tigres, rinocerontes, elefantes, tortugas marinas, por mencionar algunas de las más emblemáticas, y que sin duda lamentaríamos. Pero son miles más las que están en la misma o peor situación, y cuya desaparición inminente se anuncia como “una tragedia para la ciencia”, cuando lo es para toda la humanidad.

Para Colombia, como el país de la megadiversidad biológica, la reunión de Tailandia tiene un especial significado. Otros fueron los tiempos en que Colombia liderara algunos de los más trascendentes instrumentos jurídicos ambientales internacionales. En esta reunión de Cites, con una cualificada delegación, con presencia del Instituto Alexander von Humboldt como autoridad científica, el país parece retomar rumbos de liderazgo. Regresó con algunos logros significativos, como la inclusión de algunas especies en los “apéndices” que restringen su comercio legal. Ojalá que el Gobierno entienda el valor de las instituciones de investigación, como el Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional y el mismo Humboldt del Sistema Nacional Ambiental, para consolidar la gestión del conocimiento de la fauna y la flora en peligro de extinción. O al menos que la sociedad siga señalando el costo de no hacerlo. Porque tememos más extinciones, menos conocidas o desconocidas, que se van a producir antes de que la conservación de las especies se convierta en un tema “estratégico”. Esta parte de la tragedia la compartimos con gran parte del mundo, como fue evidente en Bangkok.

Con todo, una vez más es necesario señalar que la extinción de la fauna y la flora hoy se llama crisis de la biodiversidad. No son cientos sino decenas de miles de especies en riesgo. Sin ellas, cuando la pérdida que señalamos sea generalizada, los sistemas ecológicos ya no proporcionarán los bienes y servicios de la naturaleza que sustentan el bienestar y la seguridad del ser humano. Y la verdad más incómoda no proviene esta vez de Bangkok, sino de la información científica que hace rato tenemos: el comercio internacional que regula Cites sólo atiende una mínima parte del enorme conjunto de fauna y flora que hoy puede desaparecer. El resto de especies, no ya una a una, sino masivamente, desaparece por el uso que le damos a nuestro territorio. Por eso el Instituto Humboldt ha propuesto audazmente la nueva política de gestión de la biodiversidad, que no sólo busca sustraer de la actividad económica destructiva los rincones del país que albergan especies amenazadas. Está orientada a prevenir la crisis, con la gestión integral de la biodiversidad en los territorios urbanos, de la agricultura y, por qué no, de la minería.

Simbólicamente adoptado por el gobierno nacional, este débil instrumento espera comprensión y recursos para su aplicación. ¿O seguiremos viajando, con delegaciones de lujo, a lamentar la extinción de las especies?

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