Derrota con sabor a triunfo

Lo mínimo. Eso fue lo que ayudó a Nicolás Maduro en la angustiosa jornada electoral del domingo pasado en Venezuela. De acuerdo con los resultados que expuso el Consejo Nacional Electoral, más allá de las denuncias de fraude, Maduro se alzó con un 50,66% sobre el cercano 49,07% que logró Henrique Capriles, el mejor opositor que ha tenido ese país en la época chavista. Estos resultados dicen mucho de uno y de otro.

Primero, de Maduro, quien hizo perder al chavismo, aun ganando en el conteo de votos. Por todo. Porque a tan sólo tres meses de las últimas elecciones le tocó abusar de la figura mítica de Hugo Chávez, convirtiéndose él mismo en un ridículo candidato de papel, en una figura graciosa que repetía unos discursos aprendidos de memoria. Candidato que demostró con creces al menos una de tres cosas: o que los votos del chavismo no son endosables, o que Chávez fue más él mismo —su personalidad, sus discursos— que la idea determinada de un país, o, sobre todo, que no supo hacerlo bien en una campaña electoral relativamente fácil. No logró convencer a una gente que salió a votar en masa los años pasados.

Por el otro lado está Capriles, quien perdió en el conteo pero logró una victoria simbólica nada despreciable: unió el fervor de una oposición antes disgregada e incompetente. Y la sacó de las casas para que fuera a votar por una idea, obteniendo un resultado que deja tambaleando la legitimidad del gobierno entrante. Capriles tuvo la inteligencia táctica que nadie más mostró en el pasado y le habló, de igual a igual, a Hugo Chávez y a sus sucesores. Y desde la derrota sigue haciendo inteligente presión: pidiendo el reconteo de los votos, sembrando la duda de que pudo haber irregularidades (está por verse) y regresando finalmente a la gobernación de Miranda, donde su poder e imagen crecen.

Nicolás Maduro, entonces, se sube al trono que ocupó Hugo Chávez durante 14 años. Pero no se encuentra al mismo país, ni tampoco a la misma gente: se topa a una Venezuela con el fantasma de una crisis económica por venir, que haría posible cometer el pecado capital de disminuir los recursos que Chávez dio a los pobres a manos llenas. Se encuentra, en fin, un país desunido y dividido en mitades. Una que lo apoya y la otra que lo quiere ver por fuera. El mandato que le han concedido es efímero, no tiene respaldo popular, es de papel, como lo fue su campaña. El destino de Venezuela en estas condiciones es preocupante.

La esperanza de Nicolás Maduro podría ser Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional, un hombre que cuenta con cierto grado de legitimidad dentro del legado chavista y que bien podría ayudarlo a cogobernar el país. Sin embargo, ya hemos oído a Cabello: “El Partido Socialista Unido de Venezuela debe hacerse profundas autocríticas”. Más que apoyarlo pareciera estar pasándole una especie de cuenta de cobro por su ineptitud. Habrá que esperar.

Todo esto deja una gran lección: lo que pasa en Venezuela es una herencia muy clara —y ejemplar— de lo que dejan los mandatos largos y los líderes carismáticos aferrados al poder durante años y años. La desunión y la incertidumbre no amainaron después de las elecciones. Por el contrario, parecen haberse avivado con los resultados divulgados el domingo. El país, por lo pronto, vive una situación inestable que Maduro, ya como hombre público y líder y no como títere de los votos, tiene que saber afrontar con la prudencia de un gran estadista. Su primer discurso, lamentablemente, no despierta mucho optimismo de que así será..