La ciudad en medio

Mientras una tercera parte del Concejo de Bogotá se enfrasca en una pelea política con el alcalde Gustavo Petro, la capital no se mueve.

No se hacen las obras, no se repara lo que el tiempo ha dañado, no se “densifica” la ciudad para hacerla más humanamente habitable. La valorización les pegó duro a los bogotanos iniciando el año, porque muchas veces se cobró en unos montos desproporcionados. Lo vimos claramente en las protestas que los ciudadanos hicieron. Ahí fue cuando empezó la pelea.

Pero no sólo pegó duro por tratarse de un cobro, sino porque, como lo dijimos en febrero de este año, los cobros y las obras se dividieron en cuatro fases que no han avanzado mucho por problemas de ineptitud administrativa, por estar basadas muchas veces en estudios poco serios. Y si bien una parte de la ciudad se ha construido bajo este modelo, no todo se ha hecho con estricto arreglo a la agenda. Persistir en ello sería un error administrativo básico.

El alcalde quiso reformar el esquema de valorización cobrándoles poco (o nada) a los más pobres, redefiniendo los sobrecostos con una nueva fórmula, modificando la fase III de valorización y eliminando totalmente la IV. Ahí la crítica saltó, haciendo preguntas que no sonaban muy insensatas: ¿de dónde saldría la plata para las obras de los sectores más pobres? ¿Por qué en ese reajuste se contemplaban cosas como la malla vial o la Avenida Caracas, que son “mantenimiento obligatorio” y no valorización? ¿Qué gol trataba de meternos a los que pagamos los impuestos?

La valorización en este contexto ya sonaba mal para la Alcaldía, sonaba a lastre, y fue por eso que decidió cambiar totalmente el modelo proponiendo un cupo de endeudamiento bastante alto: la bicoca de $4,3 billones. Con esta cifra, dice Petro, podrían hacerse las obras básicas de la ciudad, definidas desde hace varios años, no de ahora. La oposición no lo deja. El proyecto se hunde debate tras debate, así se pidan las sesiones extraordinarias que sean. Y también, como si fuera poco, la idea de derogar la norma vigente de valorización se hunde en el Concejo. Ni oposición ni administración logran hacer efectivas sus causas. Y Bogotá sigue estancada. Se siente.

El cupo de endeudamiento (con sus implicaciones financieras harto expuestas por los opositores de esta Alcaldía) permitiría hacer una ciudad, ya no a pedazos, sino con obras definitivas. Y esto es importante. La valorización, si bien ha permitido hacer cosas y crear una conciencia tributaria en Bogotá, debe ser transformada. No puede seguir siendo el mismo modelo.

Pero más allá de los contenidos técnicos (que los hay), refirámonos simplemente a los elementos políticos: esto que tenemos acá es, a secas, una pelea. Ni Concejo ni administración son capaces de llegar a un punto medio para sacar a la ciudad de la pausa inoficiosa en la que se encuentra. Ya hemos visto a funcionarios públicos y juntas comunales haciendo plantones a la entrada del Concejo. ¿Es esta la forma de obrar de una administración? Y el órgano de debate responde en propiedad, haciendo pausas largas, hundiendo proyectos, dejando en vilo a la ciudadanía. Es hora de recordarles a nuestros representantes que los temas son sensibles, fundamentales, representados por supuesto en la principal preocupación de todo el que vive en Bogotá: la movilidad.

¿Hasta cuándo, entonces, tendremos que soportar esta riña? ¿No valdría la pena, mejor, revisar los puntos en común entre los dos actores para sacar un proyecto viable adelante? De acuerdo con lo que le dijo Carlos Vicente de Roux a este diario el día de ayer, existen convergencias técnicas: ¿no será hora de jugar mejor las cartas?