Lo predecible y lo inútil

El viernes de la semana pasada que termina vimos a un entusiasta presidente Juan Manuel Santos anunciando lo que el país ya sabía: que se va a hacer reelegir para un segundo período.

O mejor, y para no torcer sus palabras, que le gustaría que “sus políticas” no se acabaran después del 7 de agosto de 2014. Para el caso, lo mismo.

Envolvió su anuncio con otras noticias y datos: que el programa de casas gratis de Germán Vargas Lleras, que los consejos siempre útiles de Juan Mesa, ambos ya por fuera de su gobierno (exministro de Vivienda el uno, exsecretario general de la Presidencia el otro) y desde ahora dedicados —con otros de sus cercanos consejeros y colaboradores— a la Fundación Buen Gobierno, que revive.

La fundación, es sabido, fue creada por el hoy presidente en 1994 para tener incidencia política a través de estudios juiciosos de la administración pública. Y fue, a la vez, una movida estratégica para preparar el gran salto político que lo habría de llevar a gobernar a Colombia. Lo consiguió. Y ahora el propósito no parece muy distinto. El mismo presidente lo dice sin rubor: “Les deseo buen viento y buena mar, ahora que parten de este gobierno para asumir, en su condición de ciudadanos carentes de cualquier investidura pública, responsabilidades de enorme trascendencia en la defensa de la obra de un gobierno en el que creen y por el que han trabajado”. Las cartas están echadas.

Así sea a través de eufemismos. “Seré respetuoso —continuó en su alocución el presidente— de las reglas de juego y, por lo tanto, no tomaré ninguna decisión formal sobre mi futuro sino en la fecha indicada en la Ley 996 del 2005, es decir, seis meses antes de las próximas elecciones presidenciales”. Pero la verdad es que ya ha tomado la decisión. Y nos lo ha repetido con frases indirectas. No podría perderse la oportunidad que está servida en bandeja de plata y que él recordó hace mucho tiempo: sería el primer presidente en reelegirse sin modificar la Constitución. Como tampoco perder la oportunidad de continuar políticas tan importantes como, en primera medida, el proceso de paz en marcha.

Es por esto que las leyes que regulan las acciones del mandatario de turno frente a una reelección futura se tornan inocuas. No sirven. Muchos meses antes de lo permitido, Juan Manuel Santos ya está anunciando —con otras palabras, para cumplir la formalidad legal que, por lo mismo, es inútil— que va por su reelección. Así hable de “las políticas de este gobierno”. Es el suyo. Son sus políticas. Incluso si al final de este año decidiera no presentarse, su gobierno ha entrado desde ya en plan de reelección.

Y por esa misma inutilidad reglamentaria, no queda sino esperar —esperar, nada más— que ojalá sus acciones no se enfoquen en hacer campaña. No solamente sería una injusticia con los demás contendientes, que no tienen el poder del presupuesto nacional —incluso cuando éste es bien usado, no hablamos de politiquería y clientelismo— para promocionar sus ideas de la misma forma. Sería, también, un atentado contra esas mismas políticas que sus escuderos salen a defender pero que en el estado reeleccionista corren el riesgo de desviarse en sus propósitos de largo plazo.

Y todo es por culpa de la figura de la reelección. Esa institución que fue abierta a hachazos en una Constitución que no la contemplaba. Es casi seguro que Juan Manuel Santos será reelegido pese a sus temores por el descenso en su popularidad. Es muy difícil que un gobernante de turno no aplaste a sus contrincantes. Otras democracias nos lo han demostrado con creces.

Pero si el presidente quiere que sus políticas perduren, valdría la pena que no perdiera el foco en ellas, y menos cuando le queda casi una tercera parte de su mandato de cuatro años, tiempo para el que debió haber planeado su gobierno. Gobernar en vez de hacer campaña, debería ser su nuevo mantra.