‘Fala Brasil’

Brasil está hablando en las calles, y de qué forma.

Las protestas en las principales ciudades, comenzando por São Paulo, Brasilia, Río y Belo Horizonte, entre otras, tienen desconcertados a los analistas y al Gobierno. No es fácil explicar cómo un país que ha logrado tan grandes transformaciones económicas y sociales en la última década viva su propia “primavera”, con indignados por doquier.

Una pequeña chispa, el aumento en la tarifa del servicio de buses, comenzó a incendiar la pradera. Infortunadamente la policía, en particular en la megalópolis en la que se ha convertido São Paulo, reprimió de manera inmisericorde a los manifestantes, lo que echó más gasolina al descontento. En pocas horas los mensajes y las fotos a través de las redes sociales denunciando el hecho se esparcieron de manera viral, haciendo que miles de jóvenes se lanzaran a las calles.

¿Qué hay de fondo? Ahí está el problema. No es fácil para los entes gubernamentales entender, más allá del florero de Llorente de las tarifas en transporte, qué es lo que subyace realmente a las manifestaciones. Una primera aproximación realista puede ser que la rapidez de las transformaciones sociales de los últimos años conduce ahora a que la gente tenga nuevas y mayores exigencias, en temas que antes no las motivaban necesariamente de manera tan directa.

Como lo señalara con razón el analista Moisés Naím, esta situación que se ha producido en Chile, Turquía y Brasil tiene varios elementos en común con diferentes variables de tiempo, modo y lugar. Son países con un nivel de desarrollo importante y unas condiciones de vida que han mejorado sustancialmente, a pesar de que persisten situaciones sociales complejas que no han podido ser solucionadas. En los dos primeros casos han sucedido en gobiernos de derecha y en el último es la continuidad de una propuesta de izquierda que inició Lula da Silva. Las movilizaciones son mayoritariamente pacíficas, así haya quienes pongan su cuota de vandalismo.

Dado que las primeras protestas comenzaron focalizadas en algunas de las grandes urbes, Dilma Rousseff prefirió esperar prudencialmente a ver si terminaban por aplacarse. Ante su persistencia, la propia presidenta tuvo que salir en televisión a dar un mensaje conciliador, acorde con su filosofía de inclusión, ofreciendo un gran pacto en materia de servicios públicos, reconociendo la importancia del disenso en una democracia, ofreciéndose para dialogar con los representantes de los manifestantes y censurando a quienes han generado hechos de violencia y destrucción. Sin embargo, la tensión en las calles sigue viva y las grandes concentraciones no sólo no se han aminorado sino que continúan expandiéndose, aunque se perciben algunos signos de fragmentación.

Lo grave es que dado lo variopinto de los manifestantes, con organizaciones que van desde la extrema izquierda hasta grupos neonazis, no existe un mensaje único, una propuesta concreta o unos interlocutores válidos para conversar. Las exigencias incluyen las muy válidas sobre resultados concretos contra la corrupción —a pesar de que la presidenta ha destituido ocho ministros por esa causa— y los costos de la Copa Confederaciones o del próximo Mundial de Fútbol. El llamado Movimiento por el Pase Libre, detrás de las primeras protestas, promueve manifestaciones y, según el periódico Folha de São Paulo, cerca del 70% de sus encuestados las apoya.

A estas alturas del partido, Rousseff vive una compleja paradoja: ¿cómo aplacar el evidente descontento de los ciudadanos, los mismas que ella ayudó a agitar en su época de guerrillera contra la dictadura en los 60? Ayer la presidenta salió con una nueva carta: convocar una consulta popular, en forma de plebiscito, y, con ello, hacer una reforma de gran escala en su país. Vamos a ver qué tal le sale esa idea.

Lo cierto es que, si no logra encontrar pronto un discurso que la sintonice con esta nueva realidad, que como todo indica va más allá de los impresionantes logros en reducción de la pobreza, aumento de la clase media e inclusión social, el mar de leva se le puede transformar en tsunami.

Como dijo alguien en las redes sociales: “¡O el Gobierno nos escucha o todo para!”.