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Editorial 7 Jul 2013 - 11:00 pm

EDITORIAL

Después de Gilma Jiménez...

El Espectador lamenta la muerte de la senadora del Partido Verde Gilma Jiménez. Prematura fue la enfermedad que se la llevó. Su finalidad, la de luchar por los derechos de los niños, siempre nos pareció loable, noble, por fuera un poco de los convencionalismos.

Por: Elespectador.com
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Y aunque sus métodos se nos antojaron salidos de proporción (en el nivel constitucional) y los criticamos, así como su manera de hacer política, que nos parecía muy encajada en lo que los sociólogos han llamado “populismo punitivo”, admirábamos sus motivaciones ulteriores. Toda nuestra solidaridad va ahora con su familia, que debe estar sufriendo esta pérdida.

Párrafo aparte, puede decirse que el contexto de esta muerte ha dado para todo: primero, en términos históricos (podría decirse), para tratar de preservar su legado. En comisiones con su nombre, en leyes que la invoquen, en recordarla por sus luchas.

Creemos firmemente que, mucho más allá de todos estos elementos simbólicos, sí se necesita a una persona con esa forma particular de ver el mundo de la niñez. Pero si en algo puede preservarse su legado es en que la lucha por los derechos de los niños no sea de un sólo representante de la sociedad en los foros democráticos: entre más (con diversas visiones), mucho mejor.

Lo otro es en términos políticos (y legales): ¿quién entrará a reemplazarla en su curul? Está eso, que importa, pero yéndonos a un contexto mucho más amplio: ¿cuál es el futuro del Partido Verde ante las próximas elecciones?

La curul se la disputan dos personas. Mercedes Maturana, la candidata a la Alcaldía de Cartagena, quien renunció irrevocablemente al Partido Verde, era hasta el 21 de mayo pasado el segundo renglón obvio que seguía a Jiménez. No tiene inhabilidad, ganó la curul con votos, todo eso es cierto, como ella misma lo afirma con insistencia a los medios. Pero algo hay ahí que no cuadra, esa poca identidad con el Partido Verde, del que hacía parte. Así no haya habido elecciones en Cartagena, su nombre no suena tanto dentro de esa filosofía identitaria que debe definir a un partido político (y que, sin duda, hace mucha falta acá en Colombia). Ni el mismo Partido Verde ha avalado tal cosa: esta semana le pidió a la mesa directiva del Senado de la República que, por favor, le dé la curul al exrepresentante a la Cámara Rodrigo Romero, porque, precisamente, la señora Maturana ya no pertenece al partido. En estricto sentido es cierto. Pero el enredo legal que tiene encima la mesa directiva deberá ser dirimido pronto. Que se haga ateniéndose a los más estrictos requisitos legales.

Lo realmente grave en todo este panorama es el futuro del partido. Se nos hace decepcionante que una colectividad que hizo soñar con un cambio a la mitad del censo electoral de Colombia sea hoy un partido sin un rumbo definido. Mucho más allá de que hayan transitado el camino a Damasco, de la oposición a la Mesa de Unidad Nacional, se nos hace que se están diluyendo con sus propios demonios: sin Gilma Jiménez pierden una cuota de representatividad.

¿Qué harán, pues, para recuperar el terreno perdido? ¿Será que el exalcalde Alonso Salazar, el futuro presidente del partido, será capaz de echarse al hombro esa dura carga de revivir la “ola verde”?

Muchos cuestionamientos, de principio, de filosofía interna, de estatutos, de ideales, debe confrontar el Partido Verde en estos días. ¿Tendrá en cuenta estos factores o seguirá al vaivén, siendo una veleta de las oportunidades políticas?

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