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Beijing 2008: “Un mundo, un sueño”

CON LOS BUENOS AUGURIOS DEL NÚmero ocho, que en China tiene una connotación de felicidad, se da inicio hoy  8  de agosto de 2008 a los Juegos Olímpicos de Beijing.

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El Espectador
07 de agosto de 2008 - 08:58 p. m.
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Es la oportunidad, que con tanta paciencia habían esperado los asiáticos, de mostrarle a la comunidad internacional una alternativa a las potencias mundiales tradicionales. Es la apuesta por un nuevo orden mundial en el que el hegemonismo unipolar defendido por los Estados Unidos se resiste a perder su protagonismo.

Pese al duro año que ha tenido que enfrentar China -protestas en el Tíbet, fuertes caídas de nieve, un temblor de tierra, un accidente de tren y una serie de inundaciones-, el gobierno se preparó para hacer de los Juegos Olímpicos una fiesta en la que su visibilidad ante el mundo adquiere importancia, al tiempo que los lunares de su opresor sistema político son resaltados por la prensa occidental.

El déficit democrático, que parece ser el ideal de sociedad defendido con buenas dosis de hipocresía por la cultura occidental, ha sido el dato recurrente de la ofensiva mediática desplegada para boicotear la festividad y alertar al mundo frente a la censura y la restricción de libertades a las que se encuentra sometida la población que no goza de los favores del gigantesco aparato burocrático.

En esto, como suele ocurrir cada vez que Occidente dirige su mirada hacia Oriente, hay un enfoque que reduce una compleja realidad a un par de datos fácilmente manipulables. La idea que tenemos de China, construida paso a paso por la prensa occidental, difícilmente puede llevarnos a entender con profundidad una cultura tan lejana. Aun así se emiten juicios de valor  a partir de una supuesta altura moral que dificulta la posibilidad del diálogo.

Los problemas, sin embargo, son reales y difícilmente podría un observador hacer como si no existieran en aras de una idealización que cae en la misma simpleza con la que se nos ha querido presentar el caso chino.

Lo cierto es que la llegada de los Juegos Olímpicos no debería dar pie a la odiosa práctica del uso del estereotipo que lleva a creer que Occidente puede y debe imponerse moralmente a Oriente. Nadie niega que en China las minorías no están siendo respetadas, que el sistema político restringe libertades y no permite que el sacralizado valor de la “autocrítica” y el libre desarrollo de la personalidad afloren como ocurre en el mundo occidental. Pero ello no es excusa para invisibilizar otras facetas de un país de envergadura continental, que con sus 1.300 millones de habitantes y su milenaria cultura exige mayor comprensión en un mundo cada vez más globalizado

Los Juegos Olímpicos de este año, en los que se reúnen los países con el lema de “Un mundo, un sueño”, son la oportunidad para acercarnos con menos aprehensión al mundo chino y lo que éste tiene para aportarle al mundo occidental. El tristemente célebre “choque de civilizaciones” no constituye, pese a los ataques del 11 de septiembre que dieron lugar a una posible comprobación de la teoría, necesariamente el camino que habrán de transitar China y Estados Unidos.

El engorroso tema del Tíbet, sobre el que la comunidad internacional ha estado expectante, quizá pueda derivar en una mayor flexibilización de parte de las autoridades chinas ahora que se decidió que le abrirían las puertas al mundo -bajo vigilancia, ello nadie lo niega- y se está enfrentando la implacable mirada eurocentrista.

Arranca hoy entonces la feria del deporte mundial y, pese a las críticas cifradas en términos políticamente correctos, en China todo es fiesta. Pese a que sería ingenuo negar que el deporte y la política van emparejados y más en este caso en el que un país de tendencia comunista preside la celebración, el espectáculo no debería sufrir las consecuencias de quienes insisten en torpedear la ocasión. Es más, quizá sea esta la oportunidad de que el deporte, que en este caso le representa a China una ventana al mundo, termine por cambiar lo que no gusta de la política.

 

Por El Espectador

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