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Editorial 1 Oct 2008 - 8:58 pm

El aborrecible asesinato de Luis Santiago

ESTUPEFACTOS SEGUIMOS LOS COLOMbianos todos con la noticia del atroz asesinato del pequeño Luis Santiago Lozano, de apenas 11 meses de edad, en Chía, Cundinamarca, luego de ser secuestrado el miércoles de la semana pasada por su propio padre, Orlando Pelayo, al parecer con la intención insólita de librarse de contratiempos con su compañera actual.

Por: Elespectador.com
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Con sobrada razón, la sociedad se ha llenado de indignación para salir a protestar, pedir castigo para los culpables y exigir medidas severas contra quienes pueden llegar a ser capaces de cometer actos tan abominables.

La sensibilidad frente a un crimen tan execrable sobre una víctima absolutamente inofensiva como este niño de ojos resplandecientes, cuya mirada penetra los corazones más duros, es inevitable. Así como también el sentimiento de rabia y las ganas de poder actuar, de no cruzarse de brazos ante la inhumanidad de este acto. “¡Hienas!”, calificó a los acusados el Fiscal General de la Nación antes de advertir que la pena máxima de 60 años, sin posibilidad de rebajas, recaerá sobre ellos, mientras la mayoría del liderazgo político, al ritmo de las protestas y la sensibilidad ciudadanas, aprovechó para impulsar el referendo en curso que busca imponer la cadena perpetua a los autores de crímenes contra los niños, otros cuantos a promover su trámite en el Congreso sin tener que acudir a un referendo y algunos más a hablar incluso de la imposición de la pena de muerte para salvajes de la calaña de Pelayo.

Reconfortante, sin duda, que la indiferencia no sea la respuesta de la sociedad esta vez ante el asesinato de un niño. Ojalá fuere igual la reacción ante tantos crímenes igual de atroces o peores que se suceden a diario en este país. Pero la altisonancia de los discursos y la celeridad en acudir a los códigos para imponer penas mayores puede ser al final no más un simple calmante para la conciencia colectiva que puede impedir que miremos con mayor profundidad reflexiva el significado de este aberrante crimen.

Por supuesto, salir en este instante a controvertir el cuasi consenso frente a la cadena perpetua para quienes cometen crímenes contra los menores, luce como un absoluto despropósito. La sensibilidad está a flor de piel y todos queremos ver que haya justicia proporcional a lo que fue el asesinato de Luis Santiago. Pero vale preguntarse —ya que estamos todos tan permeados por este caso particular— si es que una condena más dura, incluso de cárcel de por vida, hubiera sido suficiente disuasivo para que Orlando Pelayo se hubiera contenido de cometer este crimen contra su propio hijo.

De hecho, a sus 50 años, la pena máxima de 60 años que el Fiscal General anunció que se le impondrá es en la práctica una cadena perpetua, que no lo hizo pensar dos veces antes de planear durante un mes su atroz crimen. Claro, en Colombia nunca se cumple una condena máxima, lo cual solamente viene a confirmar que el problema, más que de códigos, es de aplicación de justicia.

De cualquier manera, antes de caer en ese debate que en el momento inmediato resulta insulso, el llamado a la imposición de penas más severas puede servir para sentir que se está actuando, pero poco sirve para responder la pregunta de fondo que nos estamos haciendo hoy los colombianos en medio del estupor por la muerte de Luis Santiago: ¿Se trata de un caso absurdo individual producto de una mente sicópata como la de Orlando Pelayo o se trata más bien este caso —y todos los que se suceden a diario y pasan en su mayoría inadvertidos— del reflejo de una sociedad enferma que ha creado las condiciones para que surjan delincuentes de tamaña inhumanidad?

Si bien el rechazo general de estos días puede ser muestra de que la sociedad no está dispuesta a tolerar que se caiga tan bajo, cabe la reflexión sobre si poco a poco, conforme hemos ido corriendo los límites de lo tolerable ante el poder del crimen, hemos ido abriendo el espacio para que ocurran hechos tan aberrantes como este asesinato. Sobre si acaso debemos entender por fin que la utilización de calificativos ante el asesinato, para considerar unos más malos que otros, unos casi que aceptables y otros absolutamente condenables, tiene, ha tenido ya, consecuencias sobre el valor de la vida en este país. Sobre, en fin, si más que de cuáles son las penas deberíamos hoy estar pensando en cuáles son los valores positivos de nuestra sociedad y si es que los hemos puesto donde no deberían estar.

Por eso, quizás la reacción más sabia y de la cual deberíamos partir para que el asesinato de Luis Santiago cobre algún sentido, fue la de su propio abuelo, don Juan Lozano, quien cuando le preguntaron si perdonaba a los asesinos contestó: “El perdón es no responder con más mal al mal”.

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