Publicidad

El cambio en la Universidad Nacional

EN LA MAYORÍA DE LOS PAÍSES LAS UNIversidades están cambiando y Colombia no es la excepción. Su rol de refugio intelectual y moral de la sociedad evoluciona hacia un papel más protagónico en el campo científico, tecnológico y cultural.

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
El Espectador
22 de mayo de 2008 - 08:33 p. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Estos cambios, además de inevitables, no se dan sin traumatismos. Los responsables de la política educativa proponen alternativas para la reorganización de la función universitaria, que no siempre cuentan con la simpatía de los estamentos estudiantiles, recelosos, con o sin razón, de lo que se esconde tras las propuestas modernizantes. Los profesores, por su parte, cansados de las exigencias administrativas y las trabas burocráticas, tampoco se sienten inclinados a apoyar las innovaciones de las directivas universitarias.

Es lo que está ocurriendo —aunque con un comportamiento enteramente errático por parte de algunos sectores de estudiantes que se autoproclaman mayoritarios— en la Universidad Nacional con motivo de la reforma del estatuto estudiantil aprobada en abril por el Consejo Superior, que permite la doble titulación e impide, entre otras cosas, la permanencia eterna en el claustro sin referencia alguna a un promedio mínimo de calificaciones. La oposición de los inconformes —en la que también se cuentan algunos profesores— a lo que consideran un complot adelantado por un modelo neoliberal y privatizador orquestado desde el gobierno del presidente Álvaro Uribe, ha degenerado en lamentables hechos de violencia e intimidaciones contra los estudiantes y profesores deseosos de continuar con sus clases.

El rector, Moisés Wasserman, y el Consejo Superior han respondido a las manifestaciones recordando que el estatuto en cuestión ha sido debatido por un espacio de tres años, en diferentes escenarios y con la participación de los alumnos que han deseado intervenir. Los opositores, por su parte, se han mantenido en el rechazo y la impugnación a pesar de que a la fecha de hoy no se conocen sus propuestas más allá de la apelación a la figura de un plebiscito que, dicho sea de paso, carece de sentido y supone el desconocimiento abierto de las funciones para las cuales fueron elegidos el Consejo Superior y el rector.

Argumentan los opositores, sin razón alguna, que el estatuto que entrará en funcionamiento en abril —y sobre el que todavía les es permitido opinar— vulnera sus derechos, cuando lo cierto es que la permanencia en el claustro de manera indefinida es, esa sí, una causal grave de violación a los derechos constitucionales a la educación a que tienen el resto de colombianos que deseen entrar a la universidad pública.

La situación condujo a que las directivas consideren la cancelación selectiva de los cursos que no hayan cumplido con el número de horas necesarias para completar el 80% de lo estipulado y el semestre académico, que estuvo en riesgo, continuará su curso normal para beneficio de los alumnos de estratos más bajos que se habrían visto perjudicados ante el posible cese de las actividades.

Más allá del estatuto estudiantil, que esperamos se resuelva sin recurrir a más violencia, lo cierto es que falta liderazgo para jalonar propuestas audaces en materia educativa. La educación superior requiere cambios y el mayor de ellos debe surgir del diálogo con el conjunto de la sociedad, para cuestionar su rol actual y debatir su aporte futuro. Los cambios, en ese sentido, no deben limitarse apenas a buscar una mayor sintonía con las necesidades del nuevo entorno económico.

Si bien es cierto que la sociedad debe plantearle sus necesidades, la Universidad debe también llamar la atención de la sociedad frente a los grandes retos que enfrenta. La institución tiene mucho que decir, críticamente si se quiere, sobre temas estratégicos para el futuro, como la política ambiental, la seguridad alimentaria o las nuevas fuentes de energía, al lado de temas como el multiculturalismo, el desarrollo económico y la justicia.

Lo que está en juego es enorme. Desde hace más de veinte años la Universidad Nacional ha sabido garantizar la continuidad de su calendario académico. Su prestigio y credibilidad se han venido reconstruyendo y ampliando, pese a las voces que preconizaban su virtual desaparición. Todo ello está hoy en peligro y no sólo los estamentos universitarios podrían resultar perjudicados. Frente a los retos del momento y los desafíos del futuro, la sociedad colombiana debe poder contar con su Universidad abierta y deliberante.

Por El Espectador

Conoce más

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.