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Editorial |19 Jul 2008 - 1:36 am
Fiesta nacional por la libertad de todos
La alegría general por la audaz liberación de 15 secuestrados por parte de la Fuerza Pública en la ‘Operación Jaque’ con todo y el debate ético que se ha abierto esta semana, y con justa razón, por el uso del emblema de la Cruz Roja y la utilización de datos de una organización española en el operativo ha despertado en los colombianos una luz de esperanza frente al destierro de nuestro conflicto de una práctica tan inhumana como el secuestro.
Ese emocionado reencuentro de los liberados con sus familiares que hemos presenciado en estos días, es apenas el lado feliz de una tragedia que sigue su curso, pues allá en la selva continúan condenados a esa muerte en vida que es el secuestro 2.808 seres humanos en poder de las Farc, el Eln, los grupos paramilitares y la delincuencia común. La euforia del momento no puede tapar todo lo que falta. Por el contrario, como todos los liberados de este año han insistido, no se puede descansar sin antes hacer lo que esté al alcance de cada uno para lograr la liberación de todos los secuestrados, sanos y salvos.
Como siempre, la pregunta del ciudadano común es cómo hacer algo que tenga implicaciones para dejar la indiferencia y demostrar la conmiseración con la suerte de estas familias destruidas. Pues bien, este momento especial, en el que existe unidad de sentimiento en el rechazo a la práctica del secuestro por la lluvia de sucesos que han ocurrido alrededor de esta infamia, unas felices como las últimas, pero la mayoría desgarradoras, constituye una oportunidad sin igual para expresar el hastío de esta sociedad con la práctica del secuestro.
La marcha que se ha convocado para hoy tiene pues que ser un grito de unión para que los liberen a todos, un grito que llegue hasta la selva para que los secuestrados sepan que no han sido olvidados y también para que las Farc escuchen el clamor ciudadano por un cambio en sus prácticas inhumanas ahora que de seguro deben estar analizando cómo replantear su lucha hacia una salida digna de la encrucijada en que se encuentran.
La propia génesis de esta marcha, además, sirve para desvirtuar la tendencia a creer en la inutilidad de estas formas de protesta ciudadana. Durante el discurso presidencial de la noche de su liberación, se recordará, el sargento José Ricardo Marulanda recordó que una de las cosas que más fuerza le dio para seguir viviendo durante sus días de cautiverio fue cuando el cuatro de febrero vio por televisión las calles del país llenas de personas vestidas con camisetas blancas gritando al unísono por su libertad. “Desde la selva esa marcha significó todo para nosotros”, dijo el sargento aquella noche.
Fue de ahí, de ese testimonio, de donde Darío Arizmendi, de Caracol Radio, partió para convocarnos a los medios de comunicación y luego a otras muchas organizaciones para abrir la convocatoria a esta marcha de hoy, que debe ser aún más multitudinaria que la de aquel cuatro de febrero. Y hay razones de sobra para que lo sea, no sólo por el ambiente especial del momento, sino además porque, como también se recordará, aquella marcha estuvo empañada por la polarización política en la que muchos quisieron sacar dividendos. Hoy no existe tal debate y eso permitirá que la legitimidad de este grito sea aún mayor.
Claro, hay también quienes han señalado que en la visibilidad particular que se le está dando al secuestro quedan al escondido muchos otros crímenes de lesa humanidad arraigados en nuestro conflicto. La línea de causalidad plantea sin embargo un falso dilema. Ojalá pudieran organizarse tantas marchas cuantas prácticas inhumanas quisiéramos desterrar de nuestra realidad. Pero ello no desvirtúa que hoy, convocados en medio de la alegría por la liberación de 15 secuestrados y preocupados por quienes se quedaron en la selva, salgamos todos como una sociedad madura a expresar nuestro rechazo contra una de ellas.
A convertir, pues, nuestra indignación con el secuestro en la acción que los ciudadanos tienen a la mano: la protesta pacífica. A marchar por todos los que faltan.
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Elespectador.com
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