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Ante el inicio de la tercera fase de Transmilenio y las 45 obras que se harán en la ciudad financiadas con la valorización, el burgomaestre decretó que a partir del 6 de febrero el pico y placa para carros particulares se extienda de seis de la mañana a ocho de la noche. Previendo que la decisión generaría un impacto negativo entre algunos sectores de la ciudadanía y pese a que durante la campaña política para la Alcaldía el entonces candidato se comprometió a no modificar las condiciones del pico y placa, la administración de Moreno sacó a relucir una encuesta realizada a 900 personas, en la que el 71 por ciento dijeron estar de acuerdo con el nuevo decreto.
Desde entonces son más las voces de protesta que de apoyo. Otras disposiciones, como la habilitación de determinadas bahías de parqueo, el aumento en las restricciones a la circulación del servicio público, medidas de seguridad para los motociclistas y la modificación a la zona y los horarios de prohibición para el transporte de carga, pasaron prácticamente inadvertidas. Los argumentos de los opositores, algunos certeros y otros simplemente malintencionados, oscilan entre la defensa al trabajo para quienes dependen del vehículo particular y el tajante desconocimiento de la estrategia por considerarla objeto de la inexperiencia y falta de preparación de la administración en materia de movilidad.
También se ha sugerido que es precisa una disminución en el impuesto a los propietarios de vehículos y en el largo plazo, pues muchos suponen que no habrá respeto por la transitoriedad de la norma, habrá quienes opten por acceder a un segundo automóvil. O, peor aún, a una motocicleta, vehículo protagonista cada vez mayor de los problemas de movilidad y para el cual no existe restricción alguna.
Cualquiera sea el dardo con el que se quiera atacar al Alcalde, lo cierto es que los 530 mil autos que se estima saldrán de circulación sí constituyen un paliativo frente a la congestión y las incomodidades que supone el hecho de que la ciudad entre en obra negra. No tomar cartas en el asunto, realizar las obras sin prever que la ciudad colapsará y obviar que en diez años el número de vehículos se duplicó, con seguridad alimentaría el debate frente a la supuesta ausencia de liderazgo con que el Alcalde gobierna la ciudad.
Nadie niega, sin embargo, que las medidas adoptadas en pro de la movilidad difícilmente pueden reducirse a cortoplacistas planes de choque. Más allá del publicitado sistema integrado de transporte con que suponemos la movilidad encontrará una solución definitiva, campos igualmente importantes han sido completamente relegados por ésta y la anterior administración. Poco o nada sabemos del estado de las ciclorrutas, del mantenimiento de las cebras y el respeto de eso que solíamos apodar cultura ciudadana y que hoy ya nadie parece recordar. Si no es a partir de un discurso pedagógico que toma tiempo elaborar e introducir, ¿cómo espera el Alcalde que los ciudadanos le apuesten al transporte colectivo y decidan dejar el carro en sus casas?