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Humanizar la sexualidad, fueron las palabras de Benedicto para referirse al problema del sida en África. Humanizar, en este caso, es seguir las doctrinas de la Iglesia católica, que en este papado ha desechado a los reformistas y progresistas del Vaticano, para regresar a una práctica religiosa tradicional. Mientras millones de personas se mueren por el flagelo del sida y la ciencia hace ingentes esfuerzos por controlar la enfermedad, la Iglesia habla de la abstención como única solución en tanto considera que los preservativos y los avances científicos están en contra de las leyes naturales de Dios y los mandatos de Cristo.
No contento con lo anterior, el Papa criticó la manera en que los africanos celebran sus misas católicas. El Pontífice sugirió que el carácter festivo y alegre de las misas africanas podría ser un obstáculo para “entrar en diálogo y comunión con Dios”, e insistió en la necesidad de que las misas fueran “dignas”. La manera en que estos pueblos expresan su fe, de acuerdo con las declaraciones del Papa, carece de dignidad, imposibilita la verdadera comunión y diálogo con Dios y refleja atavismos tribales. Es la primera vez que Benedicto XVI visita el continente africano, pero sus declaraciones recogen toda la esencia del colonialismo y parecen calcadas del cuaderno de notas de un funcionario europeo durante su visita al África en el siglo XIX.
Desde hace rato el Papa viene haciendo comentarios que causan revuelo mundial. Hace tres años se refirió al islamismo como una religión irracional que defendía su fe con la violencia, y que Mahoma sólo era un depositario de “cosas malas e inhumanas”; en el mes de mayo de 2007, durante su visita a Brasil, se atrevió a decir que el proceso evangelizador llevado a cabo por Europa en tierras americanas estaba lejos de ser un hecho de alienación cultural y que por el contrario los indígenas anhelaban la llegada de Cristo.
En un mundo que cada día globaliza más sus mecanismos de control y vigilancia; en el que la justicia internacional refina sus argumentos para perseguir a dictadores y genocidas, tiene todo el sentido la pregunta sobre quién vigila al Papa. Lo que dijo en África pone en peligro los esfuerzos por la implementación de políticas de salud públicas mundiales. Debiera, pues, tener algún tipo de sanción.
“La Iglesia quiere despertar la esperanza en los corazones de los excluidos”, señaló Benedicto XVI. Sin embargo, resulta complicado depositar esperanzas en alguien que pidió retomar las penitenciosas misas en latín con sacerdotes de espaldas a los feligreses y que levantó la excomunión al sacerdote inglés Richard Williamson, quien hace dos meses, en declaraciones a una cadena de televisión sueca, negó la existencia del holocausto nazi y el uso de cámaras de gas. Todo parece indicar que el representante de Dios en la tierra cada día parece acercarse más a Dios y alejarse de la tierra. Con sus acciones el Papa parece hacer más sabias las palabras de Juancho Polo Valencia, un juglar analfabeta de la costa Caribe colombiana que dijo en un canto lastimero: “Como Dios en la tierra no tiene amigos, como no tiene amigos anda en el aire”.