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La cadena de sucesos de esta semana alrededor de una definición tan trascendental para la salud de nuestra democracia no hace sino generar incertidumbres de todo orden en la ciudadanía, para gusto de quienes agazapados esperan capitalizar en la desunión nacional.
Comenzamos la semana con una pirueta más, en la serie de maniobras poco transparentes para impulsar el referendo que abriría la posibilidad al presidente Álvaro Uribe de presentarse de nuevo como candidato en las elecciones del año entrante. A pesar de que no es clara la certificación sobre las cuentas de sus promotores —denunciados por presunto fraude procesal—, que no se sabe si se violaron los topes de gastos, que buena parte de los aportantes fueron o son contratistas del Estado, que el detenido cerebro de DMG asegura que aportó $5.000 millones, que la Comisión Primera de la Cámara aprobó el texto original que no permite la reelección inmediata sino para el 2014, que la plenaria de la misma Cámara hizo lo propio —pasadas las 4 a.m. y gracias a la declaratoria de sesiones extras por parte del Gobierno a la medianoche—, pese a todo ello, el pasado martes la “aplanadora” del Gobierno en la plenaria del Senado aprobó el referendo con el texto que ya la Comisión Primera había modificado para permitir otra reelección inmediata del presidente Uribe vía referendo.
El trámite de la conciliación entre lo aprobado en Senado y en Cámara —aparte la inusitada recusación al Presidente de esta última, posterior arrepentimiento e insistencia final por parte del presidente del Partido de la U— quedó como único obstáculo formal para el referendo, provisto que, como señaló el ex presidente Pastrana, en la Corte Constitucional de mayoría oficialista resulta poco probable que se frene su camino victorioso hacia las urnas. Todo, de nuevo, pareció quedar en manos del presidente Uribe para que él buenamente decida si quiere mantenerse en el poder.
Llegó el jueves y, en un foro organizado por la revista The Economist —que hace una semana había mandado el mensaje de que Colombia caminaba hacia la autocracia y el Presidente borraba con sus reelecciones consecutivas los innegables logros alcanzados—, el Primer Mandatario dijo ver la inconveniencia de “perpetuar al Presidente, porque el país tiene muchos buenos líderes”. Pero a continuación, en la cena de imposición de la medalla del decano del Wharton School, el Presidente defendió el fortalecimiento de las instituciones durante sus gobiernos —contra toda evidencia— y finalizó diciendo que “me preocupa mucho lo que pueda pasar con estas políticas. Tengo una responsabilidad con los colombianos. Entonces, cuando veo todo esto en la balanza, me crea eso que yo llamo ‘la encrucijada del alma’. ¡Qué difícil!”.
Sí, Presidente, qué difícil. Qué difícil mantener la unidad nacional con ese juego interno de sentimientos ante lo que no es una decisión personal sino una de Estado. Qué difícil alimentar los ideales democráticos en medio de semejante incertidumbre sobre su suerte. Qué difícil afrontar como sociedad los retos harto complejos a los que nos enfrentamos mientras el líder natural se encuentra ensimismado en un diálogo con su alma. No, la encrucijada no es entre unas políticas, que no por buenas dejan de ser sujetas de revisión, y un solo posible ejecutor de las mismas. La encrucijada de verdad es hoy entre una democracia sólida y un apego al poder que la contradice.