Editorial |7 Jun 2009 - 10:19 pm

Obama y el mundo islámico

Por: Elespectador.com

EL TAN ESPERADO DISCURSO DEL presidente estadounidense, Barack Obama, en El Cairo, marca un cambio de postura importante hacia el mundo árabe y la era del irrespeto en que se lo redujo, a partir de la peligrosa práctica de la generalización, a depositario del germen terrorista y criminal.

Muchos analistas se refirieron a lo excesivamente retórico del discurso con que el primer mandatario se dirigió, por primera vez, a un masivo público musulmán deseoso de señales, guiños y no pocas excusas. Y aunque no les falta razón e incluso Obama incurrió en la clásica división, digna de los neoconservadores que se tomaron el poder de la mano de George W. Bush, entre una civilización occidental y otra que no lo es —a la vieja usanza de la guerra fría, pero intercambiando la amenaza del comunismo por la del islam—, el mensaje de tolerancia estuvo a la altura de las amplias expectativas. El tristemente célebre choque de civilizaciones, supone el discurso, es ahora parte del pasado.

Seis fueron los asuntos centrales del debate de Obama, enunciados todos con constantes referencias al Corán y la existencia, aparentemente irrevocable, de un Dios. “Como el sagrado Corán nos dice— leyó Obama—, sé consciente de Dios y habla siempre con la verdad”.

La imperiosa necesidad de enfrentar la violencia extrema en cualquiera de sus formas fue la primera de sus acotaciones importantes. Confirmó que Pakistán y Afganistán seguirán en la mira de los Estados Unidos y mantuvo hacia Irak una posición ambivalente: no ofreció disculpas de ningún tipo por una guerra que se supo desatada por la hipotética presencia de armas nucleares que nunca existieron, pero advirtió frente a la necesidad de que los Estados Unidos hagan uso de la diplomacia y construyan consensos con la comunidad internacional. Aunque omitió los excesos belicosos liderados por su antecesor, dejó planteada la importancia de un mundo multipolar en el que los poderosos no toman decisiones sobre las que nunca consultaron.

A esta consideración de talla mayor le siguió el espinoso tema de la tensión entre Israel, Palestina y el mundo árabe. Después de una larga enumeración de hechos por todos conocidos y que las más de las veces son empleados para justificar el derecho de Israel a existir como pueblo, Obama afirmó en su discurso que Estados Unidos no será indiferente al derecho, igualmente legítimo, de Palestina a disponer de un Estado. Y arremetió contra las colonias judías en Cisjordania, cuyos asentamientos calificó de humillantes e intolerables.

De este tema, que no fue muy bien recibido por algunos líderes israelíes, como el primer ministro Benjamín Netanyahu, que con inevitable conformismo emitió un escueto comunicado en el que sólo se hace referencia al Estado israelí, pasó el presidente Obama al igualmente complejo episodio de las armas nucleares. Contrario a la mano fuerte y el discurso intimidatorio que algunos añoraban, hizo explícito que, como cualquier otro país del mundo, Irán tiene derecho al uso pacífico de la energía nuclear, y ratificó el Tratado de No Proliferación.

Sus cuatro puntos finales, cuidando de no parecer que Estados Unidos desea continuar imponiendo su propia visión del mundo, los dedicó a la defensa de la democracia, la importancia de la libertad religiosa, los derechos de las mujeres y el desarrollo económico ahí en donde las tradiciones parecerían ir en contravía de la modernidad. La idea de que los Estados Unidos harían por la fuerza lo que la fuerza de sus ideas y convicciones no pueden lograr, quedó relegada, en el discurso, a un pasado que se quiere superar. Con todo, la defensa irrestricta de unos valores y unas posiciones, ampliamente reconocidos en el mundo occidental, le dieron forma a la histórica intervención.

En síntesis, el presidente Obama se comprometió con unas palabras de reconocimiento y paz a una serie de transformaciones que, en la práctica, son de difícil implementación. De ahí las dudas y reticencias de más de un observador ocupado en vaticinar la aparente ingenuidad —acaso deliberada—  del primer mandatario. Pero también de palabras, y tiende a olvidarse, se nutren las guerras.

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