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El fracaso de la selección

LA SELECCIÓN COLOMBIA ESTÁ nuevamente por fuera del Mundial. Van a ser tres ausencias consecutivas.

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El Espectador
11 de octubre de 2009 - 10:00 p. m.
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Ya completamos más de una década de fracasos reiterados, de procesos fallidos, de frustraciones continuas, etc. “La verdad… no sé qué decir, no tengo palabras. Tengo un profundo dolor por esta nueva eliminación del Mundial, la tercera en línea, la verdad siento una gran vergüenza”, afirmó el presidente de la Federación Colombiana de Fútbol, Luis Bedoya. Como suele suceder, la autocrítica viene al final, cuando la suerte está echada, cuando no hay nada que hacer, cuando la eliminación es una triste realidad matemática.

Las causas de la eliminación fueron resumidas por el médico Gabriel Ochoa Uribe de manera sucinta. “Faltan grandes jugadores, líderes y un director de orquesta”, dijo recientemente. Esta vez los directivos se equivocaron no una, ni dos, ni tres veces, sino cuatro. Primero cuando nombraron a Jorge Luis Pinto, un técnico sin un historial brillante, sin pergaminos. Bastó una buena campaña en nuestro irregular y azaroso torneo doméstico para endilgarle una responsabilidad superior a sus posibilidades. Segundo cuando mantuvieron a Pinto después del fracaso en la Copa América de 2007. Tercero cuando lo despidieron antes de terminar la primera ronda de las eliminatorias sin tener una alternativa definida. Y cuarto cuando nombraron a Eduardo Lara primero de manera provisional y después de forma definitiva. Luis Bedoya debería ciertamente sentir vergüenza. Las improvisaciones fueron muchas. 

Pero la culpa no es sólo de los dirigentes de la Fedefútbol. Unos jugadores talentosos, excepcionales, pueden incluso sobreponerse a la improvisación de los dirigentes y la incapacidad de los directores técnicos. Pero en Colombia el talento escasea. Nuestros jugadores no son excepcionales en el ámbito mundial. Son apenas del montón: actores de reparto en el gran espectáculo del mundo. Los más talentosos abandonan muy temprano el país y en la mayoría de los casos se extravían en equipos de segunda o ligas de tercera. En últimas, como dijo Ochoa Uribe, la combinación de malos dirigentes, directores técnicos improvisados y jugadores mediocres es una receta perfecta para el fracaso.

El problema es que el fracaso del presente usualmente lleva al fracaso del futuro. Las malas rachas pueden durar décadas o generaciones. Los fracasos repetidos han generado, en la dirigencia, en los jugadores e incluso en los aficionados, una mentalidad derrotista, una falta de confianza casi instintiva. La selección colombiana se conforma con sus derrotas. Y se sorprende con sus triunfos, cada vez más escasos. El fracaso, como ocurrió hace tiempo con el fútbol peruano, se convirtió no sólo en una constante, sino también en una actitud, en una convicción inconfesable pero verdadera.

Si queremos volver a estar en un Mundial, deberíamos comenzar por identificar un líder, un director técnico que amalgame el poco talento que tenemos, que les devuelva a los jugadores la confianza que pierden cada vez que se enfundan la camiseta de la selección, que les dé tranquilidad a los aficionados, que obligue a los directivos a pensar con un horizonte de largo plazo, que sea el administrador de un proyecto de verdad, con recursos y planes estratégicos. El caso chileno es un buen ejemplo.

Toca empezar ya mismo. En 2011 tenemos el reto del Mundial juvenil. Y en 2014 el Mundial es en Brasil. Si no se tiene mucho talento, si los jugadores no son excepcionales, es mayor la necesidad de planear con tiempo y con responsabilidad. La improvisación, ya lo sabemos, sólo tiene un resultado: el fracaso.

Por El Espectador

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