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Claro, a esa esperanza se suma ahora la expectativa sobre la capacidad de Obama para, ya en funciones en el gobierno a partir del 20 de enero próximo, convertir en realidad sus promesas. Pero más allá de eso, lo cierto es que el mundo no es el mismo hoy que lo que era hace una semana.
Y no solamente porque fuera casi impensable que un negro pudiera llegar tan pronto a la Presidencia de los Estados Unidos, ni porque se haya presentado la más contundente victoria demócrata desde que fuera elegido Lyndon Johnson. Ni siquiera porque Obama haya revolucionado para siempre la manera de llevar una campaña electoral en los tiempos modernos de la comunicación electrónica. Lo que significa la elección de Barack Obama es ni más ni menos que el renacimiento de Estados Unidos, aun en un momento de profundas dificultades internas, como el líder que siempre fue de la democracia, la tolerancia y las libertades en el mundo entero.
La política exterior estadounidense, lo ha dicho el presidente electo, entra en una nueva era de diplomacia enérgica y actitud dialogante que entierra para siempre o al menos por mucho tiempo la diplomacia cowboy que había impuesto George W. Bush. Para el recuerdo quedarán frases como “o están con nosotros o están con los terroristas” y la visión del planeta como una confrontación omnipresente entre las fuerzas del bien y el “eje del mal”, donde no existen grises. A partir de ahora, democracia y libertad dejarán de ser palabras sin significado que se utilicen impunemente para violentar leyes y derechos ciudadanos. Y todo eso más allá de las políticas concretas que tome Obama para enfrentar la crisis financiera, el desempleo creciente, la situación de Irak y Afganistán, los temas ambientales, la inmigración o tantos otros retos enormes que tiene al frente significa que vivimos en un nuevo mundo.
En cuanto a Colombia, cuyo gobierno fue compañero inseparable de aquella manera de ver el mundo que queda atrás con el fin de la era Bush, tendrá que ajustarse a ese nuevo mundo al que no llega en buena posición dada su dramática crisis humanitaria.
El problema no es si habrá o no TLC, que es en lo que más se ha insistido por estos días. Eso importa, claro, pero al final es accesorio frente a las ideas que ahora estarán en boga y que ayer nomás tenían poco espacio en Colombia. Aún suena postizo el cambio de discurso del Gobierno en los últimos días en favor de las libertades, y más cuando se entremezcla con espontáneas acusaciones a líderes en ese campo, como José Miguel Vivanco, de ser “cómplices de las Farc”. Porque el asunto no es solamente de discursos bonitos, ni siquiera de decisiones formales, sino de convicción. Por eso es que no basta con descabezar a unos comandantes para que la ayuda a sus unidades siga llegando. Ya no se vale mirar para otro lado porque somos aliados. Podemos y tenemos cómo seguir siéndolo, pero poniendo por delante unos valores diferentes, más tolerantes, más humanos, más liberales. El mundo ha cambiado y es bueno que lo entendamos.